UPN y la nostalgia franquista: la pataleta de quien pierde sus privilegios

Escribía Sánchez de Muniáin el pasado 4-11 en Diario de Navarra: Menosprecio hacia los profesionales de Príncipe de Viana.

Sr Muniáin, su artículo no es una defensa del patrimonio, sino la pataleta de un político de UPN que ve cómo el andamiaje simbólico de su mundo se le desmorona. Es la queja previsible de quien añora los tiempos en los que la técnica era un cortafuegos para blindar la herencia franquista, disfrazando una posición política de neutralidad técnica.

Es cínico que hable de “sectarismo” y “torpeza” cuando su partido ha convertido la nostalgia franquista en su programa electoral. Lo que usted llama “prestigio de 85 años” es, en este contexto, la crónica de una institución cómplice en la conservación de la arquitectura de la dictadura. Ahora, cuando por fin se aplica la ley y se introduce un mínimo de sensibilidad democrática en la gestión patrimonial, ustedes se escandalizan.

Su falsa defensa de la “integridad arquitectónica” es un fraude. A UPN nunca le ha importado la integridad de este monumento, sino la integridad de su mensaje político. Lo que realmente les duele es que se cuestione el símbolo, que se desmonte la losa de piedra bajo la cual han enterrado la memoria incómoda de las víctimas. Su preocupación por las “arquerías” surge sólo cuando estas dejan de servir para sostener su relato.

Sus comparaciones con la Alhambra o el Acueducto son tan absurdas que delatan su mala fe. ¿De verdad pretende equiparar la obra de un genocidio con el legado andalusí o la ingeniería romana? Solo alguien que blanquea el franquismo puede realizar un paralelismo tan obsceno. El valor simbólico de este monumento no es un detalle accesorio: es su razón de ser, fue construido para humillar a los vencidos y glorificar a los verdugos. Y usted lo sabe.

Llama “incultura” a aplicar la ley de memoria histórica. Lo que realmente sucede es que su partido padece una incultura democrática congénita. Lo que usted denuncia como “desprecio a los técnicos” es, en realidad, el simple cumplimiento de un mandato legal que obliga a considerar la dimensión simbólica de estos vestigios de la barbarie. Lo que a usted le molesta es que la democracia, por fin, esté entrando en los despachos donde durante décadas se ha protegido impunemente la herencia franquista.

No se equivoque, señor Sánchez de Muniáin: esta resolución no es un “alarde de incultura”. Es un acto de justicia. Y su artículo no es más que el último intento de la política navarra más reaccionaria por mantener vivo un símbolo que debería causar vergüenza a cualquier demócrata. Aférrese a sus arquerías si quiere. La sociedad, mientras tanto, sigue avanzando para construir una memoria digna de un país decente.