El Diario de Navarra ha vuelto a cumplir su función de boletín oficial de la reacción. Esta vez, a través de la pluma de Sarobe, lanzan un supuesto «preguntas y respuestas» que no es más que un artefacto de intoxicación para una casta que no asume que Navarra ha dejado de ser su cortijo. Sarobe ejerce de comisario político de un régimen que se desmorona y que solo sabe escupir bilis contra cualquier avance democrático.
El texto de Sarobe es una pieza de cinismo insoportable que pretende encadenar la realidad de 2026 a los fantasmas de hace décadas. Agita el miedo y el odio para evitar que se hable de lo que realmente importa: el derecho a la vivienda, el expolio de la sanidad pública y la soberanía. Lo que le molesta a Sarobe no es la ética, es que una fuerza soberanista y de izquierdas sea hoy el motor de las políticas que protegen a la clase trabajadora frente a los intereses de la patronal y la Caja de Ahorros que su periódico-panfleto defendió mientras la saqueaban.
Es una obscenidad que Sarobe y Diario de Navarra se atrevan a dar lecciones de democracia. Su concepto de «paz» es la sumisión de la mayoría social a los dictados de una minoría de apellidos ilustres y consejos de administración. Para este terminal mediático, la voluntad popular solo vale si perpetúa sus privilegios; cuando el pueblo vota justicia fiscal y dignidad, Sarobe lo llama «anomalía». Es el desprecio absoluto a las urnas de quien siempre ha preferido los despachos y las influencias heredadas.
Vuelve a sacar a pasear el espantajo de la «anexión» y un odio visceral al euskera, el último refugio de quienes carecen de propuestas sociales. Teme la libertad de las navarras y los navarros y por eso convierte nuestra lengua en una trinchera. Su navarrismo de bandera y procesión es excluyente y rancio: para tipos como Sarobe, solo es navarro quien agacha la cabeza ante los dueños del dinero y los herederos del régimen que llevan décadas viviendo del presupuesto público.
Lo que realmente le escuece a Sarobe es el pánico a perder el control. Le aterra que la derecha ya no tenga la llave de la caja para repartirse el botín entre los de siempre. Este panfleto es el estertor de un viejo orden que se resiste a morir y que, a falta de votos, utiliza la tinta para emponzoñar la convivencia. Frente a su bilis y sus mentiras de manual, la respuesta es clara: soberanía, derechos y una Navarra plural que ya no necesita pedir permiso a los portavoces de la reacción para decidir su propio camino.
