Nada nuevo: el mismo guion de siempre, el mismo relato impuesto desde Madrid y asumido dócilmente por quienes convirtieron a Navarra en sucursal política del régimen del 78.
Sr. Sanz, su texto pretende presentarse como una reflexión nostálgica, pero es simplemente otra defensa del Estado español tal y como es: centralista, continuista y blindado frente a cualquier cuestionamiento democrático real. Su artículo no busca entender el pasado: busca justificar un presente que sigue marcado por las mismas estructuras de poder que el franquismo dejó intactas.
Usted idealiza una Transición que en Navarra no fue “modélica”, sino intervenida. Fue el instrumento perfecto para imponer un marco constitucional que negó la identidad política propia de este pueblo y que desactivó, mediante pactos por arriba, la voluntad popular que ya reclamaba autogobierno real. Ese “consenso” que usted celebra no fue más que un cierre en falso: un acuerdo entre quienes heredaron el aparato del Estado y quienes aceptaron legitimar una democracia tutelada a cambio de migajas competenciales.
La Ley de Memoria Democrática no es “revanchismo”: es lo mínimo exigible en un Estado que todavía hoy se niega a juzgar sus crímenes y mantiene fosas comunes sin abrir mientras presume de “ejemplaridad”. Navarra sabe bien lo que significa esa impunidad: represión, silencio obligado y décadas de relato oficial impuesto desde fuera.
Resulta especialmente indignante que utilice a las víctimas del terrorismo como argumento político. Habla de ETA como si el Estado español hubiera sido siempre un ejemplo de limpieza democrática, cuando Navarra también padeció el terrorismo de Estado, los GAL, las cloacas, las torturas sentenciadas por Estrasburgo y la manipulación sistemática del dolor con fines partidistas. Su partido nunca tuvo interés en llegar hasta el final de esa verdad incómoda. Y todavía menos en asumir responsabilidades.
En lo lingüístico, su discurso es una caricatura del navarrismo de cartón piedra que ustedes han construido. En Navarra, el euskera ha sido perseguido, marginado y arrinconado por políticas decididas desde la lógica uniformadora del Estado español y ejecutadas aquí con entusiasmo por UPN. Hablar de “imposición” mientras se ha prohibido, ridiculizado o relegado durante décadas lo que es patrimonio propio de esta tierra es simplemente propaganda.
Dice usted que hay que “cumplir la ley”, pero lo que de verdad exige es que las leyes nunca cambien, que España siga atada a un texto constitucional que nació condicionado por el ejército, por los servicios secretos del franquismo y por una correlación de fuerzas que dejó a los pueblos del Estado sin posibilidad de decidir libremente su futuro. Lo que usted llama estabilidad es, en realidad, bloqueo político.
En cuanto al Gobierno “secuestrado” por independentistas, conviene recordarle algo: que en Europa las mayorías se negocian, que el pluralismo es la base de cualquier democracia avanzada y que lo que a usted le molesta no son los pactos, sino que el Estado español se vea obligado —aunque sea superficialmente— a reconocer que existen naciones con voluntad política propia. Eso, aquí, lo sabemos desde hace siglos.
Tiene razón en una cosa: hay problemas urgentes. Pero la vivienda, la sanidad, el empleo o la despoblación no se resolverán mientras Navarra siga subordinada a un Estado que utiliza nuestro territorio como moneda de cambio política y que solo recuerda que existimos cuando necesita nuestros votos o nuestro dinero. La salida no es mirar al pasado con nostalgias reaccionarias, sino mirar al futuro con la convicción de que este pueblo tiene derecho a decidir su propio camino, sin tutelas, sin relatos impuestos y sin estructuras heredadas de un régimen que nunca fue desmontado del todo.
Navarra no necesita más apologetas del 78. Necesita verdad, justicia y soberanía. Y eso, Sr. Sanz, no cabe en el marco que usted defiende con tanta devoción.
