El artículo “El espejismo del control del alquiler en Navarra” que firma José María Aracama en el ejemplar del Diario de Navarra del 16 de febrero, es un ejemplo de manual de lo que ocurre cuando un ideólogo liberal confunde opinión con evidencia, y dogma con análisis riguroso. Bajo una prosa aparentemente técnica se esconde un texto profundamente tendencioso, plagado de datos seleccionados, comparaciones interesadas y una visión de la vivienda propia de un manual de economía de los años 80, impermeable a la realidad social.
Aracama, apelando a (supuestos) “datos oficiales” afirma que el control de precios de alquiler de viviendas en Navarra ha tenido unos efectos perversos como son la disminución del número de viviendas en alquiler. Sin embargo, no cita las fuentes concretas y sobre todo el dato que aporta es falso: en la Comunidad de Navarra, según auténticos datos oficiales, en los seis meses de entrada en vigor de los topes, el precio medio del alquiler en las zonas tensionadas ha descendido un 8,6% (pasando de 848€ en el segundo trimestre a 774€ en trimestres posteriores). Y esta moderación de precios no ha tenido como efecto la reducción de oferta (como dice el mendaz Aracama), sino que, según datos del INE de principio de 2026, la oferta de alquiler se mantiene estable, con 4.202 contratos formalizados frente a la 4.176 del año anterior.
Es cierto que la oferta de viviendas en alquiler sigue siendo escasa, pero eso es un mal estructural del mercado inmobiliario del Estado español desde hace muchos años. Afirmar que la regulación “no funciona” porque sigue habiendo más demanda que oferta de vivienda en alquiler, es como afirmar que los paraguas no sirven porque sigue lloviendo.
Por mucho que el “plumilla” repitael axioma del catecismo liberal clásico: el control de los precios reduce la oferta. No puede ocultar una realidad que desmiente tal dogma: la contención de precios no ha tenido el efecto de disminuir la oferta.
Su choque con la realidad es producto de su visión simplista: si se intenta intervenir en el mercado corrigiendo sus desmanes desde las administraciones, el mercado reacciona contrayéndose y disminuyendo el acceso a la vivienda. Una lógica impecable siempre que uno crea que la vivienda es un bien de lujo sometido a las leyes del libre mercado y no un derecho.
Achacar todos los problemas a la intervención de precios es un ejercicio de deshonestidad analítica o de amnesia selectiva, especialmente viniendo de alguien que fue consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Navarra en los años 1996 a 1999, y no dejó precisamente un legado transformador en materia de vivienda o bienestar social.
El texto destila una preocupación casi conmovedora por la “inseguridad jurídica” del propietario, mientras los jóvenes, trabajadores precarios y familias expulsadas del mercado aparecen como daño colateral inevitable.
La vivienda, para Aracama, no es un problema social: es un activo al que “no hay que molestar”.El mercado es sabio. Las personas, prescindibles.
Según Aracama, el control de precios es un “espejismo”. Curiosa afirmación viniendo de alguien que cree en otro espejismo mucho más persistente: que el mercado inmobiliario funciona como un mercado competitivo normal. En su mente neoliberal, -en su arcadia navarrensis-, los salarios suben solos; los fondos buitres no acaparan vivienda; los propietarios compiten bajando precios por altruismo; y los jóvenes no se emancipan porque “no quieren”. El mercado lo sabe y soluciona todo (menos pagar un alquiler).
La realidad, en cambio, es bastante menos elegante: alquileres disparados, contratos leoninos, barrios expulsando a sus vecinos y generaciones enteras condenadas a la precariedad habitacional. Pero eso no sale en los modelos teóricos liberales.
En todo el texto hay una ausencia clamorosa: las personas.
Los inquilinos aparecen como una abstracción estadística, mientras el propietario es tratado como una especie en peligro de extinción que hay que proteger de cualquier sobresalto regulatorio.
No resulta irrelevante que quién firma el artículo no lo hace desde la neutralidad técnica, sino desde una posición ideológica clara, liberal, como miembro de un “lobby” (Institución Futuro) compuesto exclusivamente por empresarios. Y, en el caso de Aracama, desde una trayectoria política que no se caracterizó precisamente por grandes avances sociales cuando tuvo responsabilidades de gobierno.
José María Aracama vuelve a hacer lo que mejor se le da: explicar la vida desde un despacho, con gráficos imaginarios, certezas de manual y una fe casi religiosa en un mercado que, curiosamente, nunca alquila en los barrios donde viven los defensores del libre mercado.
Su artículo no es un análisis: es un sermón liberal. Uno de esos textos que empiezan aparentando rigor técnico y acaban, párrafo a párrafo, revelando lo de siempre: que cualquier intento de corregir una injusticia estructural es perverso, inútil o contraproducente… salvo, claro está, no hacer nada, que para el liberalismo siempre es una opción virtuosa.
Resulta cuanto menos irónico que quien no resolvió problemas estructurales desde el poder se erija ahora en profeta que advierte de los peligros de intentar solucionarlos.
El artículo no desmonta el control del alquiler: lo caricaturiza. No analiza alternativas reales, no compara modelos europeos (donde existe regulación en su mayoría), no propone soluciones que no pasen por “dejar hacer”.
Es un texto cómodo, previsible y doctrinario, que defiende el statu quo con ropaje técnico, y que confunde libertad de mercado con libertad para excluir. Este artículo no desmonta el control del alquiler. Desmonta la pobreza intelectual de quien lo firma y del liberalismo cuando se enfrenta a problemas reales. Porque cuando la realidad social contradice al modelo teórico, Aracama no revisa el modelo: culpa a la realidad.
El verdadero espejismo es creer que el mercado va a resolver un problema social que él mismo ha creado, mientras los de siempre pagan la factura y los liberales de despacho escriben columnas incendiarias contra medidas de intervención… desde casas que ya están pagadas.
Si esto es todo lo que el liberalismo navarro y su portavoz, Diario de Navarra, pueden ofrecer frente a una crisis habitacional severa, el espejismo no es la regulación: es creer que el mercado, por sí solo, va a arreglar lo que lleva décadas estropeando.
