Por Diablo de Navarra
Durante décadas, Diario de Navarra se presentó como el gran periódico de la Comunidad Foral. Hoy actúa cada vez más como el boletín oficioso de un nacionalismo español incapaz de asumir que la Navarra de 2026 ya no se parece a la que durante tanto tiempo creyó representar.
Basta observar su línea editorial de las últimas semanas. La cobertura desproporcionada de la selección española, la exaltación permanente de la bandera, la épica patriotera y la utilización de cualquier éxito deportivo para reafirmar un determinado proyecto nacional responden a un mismo patrón: convertir el periodismo en una herramienta de movilización ideológica. El fútbol deja de ser deporte para convertirse en propaganda emocional.
No es casualidad. Cuando la realidad deja de acompañar, solo queda fabricar un relato.
Y la realidad es tozuda. Navarra no es el bastión del españolismo que Diario de Navarra intenta vender a sus lectores. Nunca lo ha sido. Los sucesivos estudios del Sociómetro de Navarra y del Navarrómetro muestran una sociedad donde predominan las identidades compartidas y donde la identificación exclusivamente española constituye una posición claramente minoritaria. También las urnas llevan años desmontando el mismo relato: la ciudadanía navarra ha apostado reiteradamente por mayorías progresistas y por fuerzas que entienden Navarra como una realidad plural, diversa y con personalidad política propia.
Sin embargo, lejos de asumir esa transformación democrática, el periódico parece haber optado por combatirla. Cada portada grandilocuente, cada editorial inflamado y cada apelación obsesiva a los símbolos nacionales forman parte de una misma operación política: construir la sensación de que existe una Navarra «auténtica» permanentemente amenazada por otra Navarra que habría que contener o corregir. Es el viejo recurso del nacionalismo español más reaccionario: dividir la sociedad entre los supuestos patriotas y quienes, simplemente por defender la pluralidad nacional, lingüística o cultural, pasan a ser sospechosos.
No es una estrategia nueva. Es exactamente el marco discursivo que la derecha radical lleva años explotando en toda Europa: fabricar enemigos internos, convertir la identidad en un campo de batalla permanente y sustituir los problemas reales por guerras culturales cuidadosamente diseñadas para movilizar emociones y alimentar la crispación. En ese esquema, el deporte deja de ser un espacio compartido para convertirse en un instrumento de afirmación nacional; la bandera deja de ser un símbolo institucional para transformarse en una frontera ideológica; y el periodismo abandona su función de informar para convertirse en un actor político más.
Quizá ahí resida la explicación de esta deriva. Durante décadas, Diario de Navarra marcó la agenda pública de la Comunidad Foral. Hoy ya no. La sociedad ha cambiado, las nuevas generaciones consumen información de otra manera y el monopolio del relato hace tiempo que saltó por los aires. La pérdida de influencia política y cultural resulta evidente. Y cuando se pierde la capacidad de convencer, algunos optan por elevar el volumen. Más banderas. Más épica. Más confrontación. Más españolismo.
Pero por muchas campañas identitarias que impulse, ningún periódico puede reescribir la realidad. Navarra seguirá siendo una sociedad plural porque así lo dicen sus ciudadanos, sus instituciones y sus resultados electorales. Seguirá siendo una comunidad donde conviven identidades distintas, lenguas distintas y proyectos políticos distintos. Esa es la realidad que incomoda a quienes todavía sueñan con una Navarra uniforme, subordinada a un único relato nacional.
El problema de Diario de Navarra no es que sea conservador. Tiene todo el derecho a serlo. El problema es que hace tiempo que parece haber renunciado a explicar la Navarra que existe para intentar resucitar la Navarra franquista que desearía que existiera. Y cuando un periódico sustituye el periodismo por la militancia identitaria, deja de actuar como un medio de comunicación para convertirse en una trinchera política de papel.
