Álvaro Miranda se erige en las páginas de su `panfleto, el Diario de Navarra, no como un ciudadano más, sino como el legatario exclusivo de la democracia española. Es el padre espiritual de una mítica “Generación D”, aquella que, según su relato, nos trajo la libertad frente a una juventud que solo sabe quejarse. Su narrativa es simple y autocomplaciente: “Nosotros hicimos historia, vosotros la estropeáis”.
Sin embargo, esta épica de sobremesa se resquebraja al primer arañazo. Miranda no es un veterano desinteresado que evoca batallitas; es un político profesional de UPN, conservador y alineado con los intereses del poder económico que ha gobernado Navarra durante décadas. Y cuando alguien se presenta como guardián moral, conviene revisar su currículum con lupa.
La lupa, en este caso, se detiene en una fecha y un hecho: Miranda fue imputado en el caso Caja Navarra por el cobro de dietas como miembro de una comisión de utilidad, como mínimo, discutible. No es un bulo, ni una invención, ni siquiera una opinión: es información pública. La pregunta se impone por sí sola: ¿es este el perfil idóneo para dar lecciones de ética democrática?
Resulta paradigmático que quien ha pasado por un juicio por el uso de dinero público califique de “paparruchas” a la crítica política. Es el patrón clásico de quien, al ser fiscalizado, reclama respeto institucional como escudo.
Su artículo del pasado 8 de de diciembre opera una sacralización de la Transición: la convierte en una reliquia intocable, inmune a cualquier revisión o matiz. Quien osa hacerlo es tachado de hereje. Pero una democracia que no soporta la crítica es una democracia de cartón piedra. Y una Transición que no se puede reevaluar es, simplemente, propaganda envejecida.
Llega al extremo de negar, con una tranquilidad pasmosa, la influencia de lo económico, lo mediático o lo judicial en la política española. Se requiere una dosis notable de autocomplacencia —o vivir en una burbuja de moqueta— para sostener tal afirmación en 2025, y pensar que la ciudadanía es demasiado ingenua para notar lo evidente.
Y entonces, la sentencia final que lo desnuda: “Como lo hemos sido nosotros“. Ahí reside el núcleo del problema. Miranda no defiende la democracia; defiende su propiedad sobre ella. No escribe desde el amor al sistema, sino desde el miedo a que se revise su legado. Su verdadero temor no es un ataque a la democracia, sino que se examine qué hicieron con ella cuando tuvieron las llaves.
Porque la democracia auténtica no es una coartada, ni un escudo personal. Se defiende dando cuentas, no silenciando el conflicto.
A Miranda no le molesta que critiquen la Transición. Le molesta, sobre todo, que empiecen a preguntarle qué hizo él con el poder que heredó.
Y cuando las preguntas llegan…, surge el enfado. Al final, queda claro: Miranda no defiende la democracia. Defiende, sencillamente, su asiento.
