Joseba Eceolaza y su memoria selectiva

Anotaciones a su escrito La Memoria Embrutecida en Diario de Navarra(29/10/2025)

Cuando solo el dolor de algunas víctimas se convierte en arma política y la reconciliación se sacrifica en el altar del relato.

Eceolaza comienza secuestrando el dolor legítimo de algunas víctimas para convertirlo en munición retórica. Usa casos trágicos como el de Carmen Belascoain o el suicidio de Fernando Altuna no para honrarles, sino como instrumento emocional para predisponer al lector antes de lanzar su tesis política. Esta apropiación del sufrimiento ajeno es éticamente reprochable: transforma a víctimas en meros peones de su relato, privándoles de su dignidad individual al reducirlas a símbolos de su particular cruzada ideológica.

Cuando afirma que “no sabemos ya vivir sin hacer memoria”, evidencia su verdadero proyecto: la perpetuación de una memoria selectiva al servicio de intereses políticos concretos. Su concepto de memoria no es un ejercicio de verdad histórica, sino un instrumento de combate que excluye a mucha otras víctima y cualquier narrativa que no encaje con su visión maniquea. Lo que Eceolaza llama “acto moral” no es más que la imposición de una hegemonía memorialística que silencia cualquier disenso.

La afirmación de que “la violencia embrutece a quien la ejerce, pero también a quien la defiende” es quizás la muestra más clara de su pensamiento totalitario. En su lógica perversa, cualquier defensa violenta frente a la violencia de cualquier Estado represor queda moralmente equiparada con la violencia terrorista. Este falso equilibrio es intelectualmente deshonesto: equipara al verdugo con quien se defiende del verdugo, al agresor con su víctima.

Todo su texto se sustenta en crear un enemigo abstracto -“el mundo que hizo posible que ETA asesinara”- que permite deslegitimar políticamente a todo quien no suscriba su particular relato. Esta demonización previamente construida invalida cualquier posibilidad de diálogo: quienes discrepan quedan automáticamente catalogados como cómplices morales del terrorismo.

Eceolaza propone una memoria congelada en el resentimiento, una cuenta permanentemente abierta que imposibilita cualquier futuro compartido. Su rechazo a cualquier proceso de reconciliación que no pase por la humillación pública del “enemigo”  condena a la sociedad a una guerra memorial permanente. Lo que presenta como “garantía de no repetición” es en realidad la garantía de la perpetua división.

Resulta cínico que hable del “tiempo de las víctimas” mientras utiliza su dolor como ariete contra sus adversarios políticos. Las verdaderas víctimas merecen respeto, no ser convertidas en banderines de enganche de una causa política que muchas de ellas probablemente no comparten.

El texto de Eceolaza no es un ejercicio de memoria, sino un manual de guerra política disfrazado de preocupación moral. Utiliza el dolor real de personas reales como carnaza emocional para pescar adhesiones a su particular relato, un relato que, lejos de curar heridas, las mantiene abiertas como trincheras desde las cuales continuar una batalla que la sociedad quiere superar. Es la perfecta ilustración de cómo la memoria, cuando se convierte en ideología, puede ser tan destructiva como el olvido.

Por último, recordar que Eceolaza utiliza para su tribuna en su recurrente y exclusivo ataque a ETA (por cierto, desparecida hace años y de la que sólo quedan presas@s cumpliendo largas condenas por su delitos con una legislación de excepción) un diario que goza de total impunidad a pesar de que fue una pieza fundamental en el golpe y dictadura franquista.