José Javier Uranga: El guardián del cortijo y el mito de la «independencia»

✍🏻 POR LA REDACCIÓN DE EL DIABLO DE NAVARRA

Lo del pasado fin de semana en el panfleto de Cordovilla ya roza lo patológico. Nos vuelven a vender la moto de José Javier Uranga como si fuera el último romántico del periodismo libre, pero se les olvida mencionar que el personaje no fue el director de un diario, sino el capataz de un cortijo. Reducir su figura a un hombre que «abrazó la democracia» es una pirueta histórica que ni el mejor contorsionista se atrevería a firmar.

Ese relato del Uranga «independiente» se cae a pedazos en cuanto uno tiene memoria. Su supuesta independencia terminaba donde empezaban los intereses del Consejo de Administración y de las familias que llevan un siglo repartiéndose el pastel en Navarra. Durante el franquismo no fue un resistente, fue el que ponía el hilo musical a la dictadura mientras se modernizaba la industria para que los mismos de siempre siguieran mandando. Eso de «convivir con la censura» es el eufemismo del siglo: lo que hizo fue gestionarla para que no se escuchara ni un solo grito de la Navarra real, la de las fábricas y la de la calle.

Y luego está el fetiche del Amejoramiento. Nos lo pintan como el gran logro de la concordia, pero fue el cerrojo que Uranga ayudó a echar para que nadie pudiera votar otra cosa que no fuera su idea de Navarra. Desde su columna de «Ollarra» se dedicó a construir un muro, a señalar a cualquiera que no comulgara con su fe navarrista-española y a meter el miedo en el cuerpo a quien osara mirar hacia el otro lado de la muga. Su pluma no buscaba la verdad, buscaba el orden, el suyo.

Utilizó el estilo literario para disfrazar el clasismo de toda la vida. Escribía para la gente de orden, para la que desayunaba en el Iruña y se creía dueña del fuero por derecho de sangre. A los demás —obreros, euskaldunes, gente de izquierdas— nos dedicó el silencio o la sospecha. Su legado no es la libertad de prensa; es haber convertido un periódico en una aduana ideológica donde solo pasaba quien llevaba el sello de «buen navarro».Que ahora le pongan su nombre a un premio de periodismo es el chiste final. Un premio a la trayectoria de quien se encargó de que en esta tierra no se moviera una hoja sin su permiso. Menos incienso y más realidad: Uranga fue el ideólogo de una Navarra oficial que se cae a trozos, por mucho que hoy intenten barnizarla de nuevo.

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