Franco no fue un contexto: fue un dictador. Y su memoria no se negocia.

Respuesta al texto “Sánchez y la figura de Franco”, de Manuel Pulido, publicado en Diario de Navarra el pasado 25-12.

Lo de Manuel Pulido en Diario de Navarra no es un artículo de opinión: es una reliquia. Un fósil ideológico sacado directamente del cajón donde algunos siguen guardando el franquismo envuelto en papel de seda, fingiendo que es historia neutral cuando en realidad es nostalgia con mala conciencia. Que lo publique Diario de Navarra no es casualidad ni despiste: es continuidad. Este periódico no “vivió” el franquismo, lo acompañó, lo justificó y lo normalizó. Y ahora, décadas después, pretende dar lecciones sobre cómo recordar aquello sin incomodar demasiado.

Pulido dice que hoy es “fácil” ser antifranquista. Claro que es fácil. Fácil es decirlo ahora, cuando no hay Brigada Político-Social, cuando no te rompen los huesos por reunirte, cuando no acabas en una fosa por imprimir un panfleto. Lo difícil era ser antifranquista entonces. Lo difícil era no escribir en periódicos del régimen, no prosperar a su sombra, no beneficiarse del silencio. Pero de eso, curiosamente, el autor no dice nada.

El texto juega todo el rato a la trampa del “todos fuimos responsables”, ese comodín que sirve para que al final no lo sea nadie. Que si había franquistas “de tomo y lomo” en todas partes, que si el franquismo sociológico, que si no miremos demasiado atrás. Pero resulta que ese “todos” siempre excluye a quienes mandaban, a quienes firmaban sentencias, a quienes ponían la línea editorial. Incluye a las víctimas y blanquea a los verdugos. Un clásico.

Luego viene el cuento de hadas de la “Transición”: el Rey, Suárez y cuatro franquistas buenos que, por arte de magia, decidieron regalarnos la democracia. La oposición antifranquista aparece poco menos que como figurante molesto, cuando no directamente como estorbo. Ni huelgas, ni cárcel, ni clandestinidad, ni muertos. Nada. Todo muy limpio, muy institucional, muy cómodo. Una Transición sin conflicto, sin presión, sin miedo… es decir, una Transición inventada.

Y cuando habla de la dictadura, Pulido la llama “anomalía histórica”. Anomalía. Como si hubiera sido un catarro largo. Cuarenta años de represión, censura, tortura y asesinatos reducidos a una palabra suave, casi amable. Claro, decir “dictadura criminal” chirría más cuando escribes desde un medio que nunca rompió del todo con ese pasado.

El momento más repugnante llega con la comparación entre el “no os metáis en política” del franquismo y una frase de Pedro Sánchez. Aquí ya no hay despiste ni torpeza: hay mala fe. Bajo Franco, meterte en política te podía costar la vida. Hoy, no meterte en política es exactamente lo que desean los herederos ideológicos de aquel régimen. Comparar ambas cosas es insultar a quienes fueron perseguidos, torturados y asesinados. Es escupir sobre su memoria con una sonrisa de columnista.

También intenta colar que la democracia no la trajeron comunistas, sindicalistas ni militantes, sino “todos”. Ese “todos” tan útil para borrar nombres propios, siglas incómodas y sacrificios reales. Sin el movimiento obrero, sin estudiantes, sin barrios organizados, sin prensa clandestina, sin una sociedad organizada y militante aquí no habría habido “Transición” (aunque al final haya sido una Transición de aquella manera): habría habido continuidad. Pero reconocer eso implica admitir que hubo gente valiente y gente acomodada. Y eso duele.

Cuando ataca la Ley de Memoria Histórica ya no sorprende a nadie. Dice que “da la vuelta a los hechos”. No: los pone en su sitio. Lo que pasa es que a algunos se les acaba el monopolio del relato. Y que un columnista de Diario de Navarra se queje de que “se sabe poco” de la dictadura es directamente grotesco. Se sabe poco porque durante décadas medios como el suyo se encargaron de que se supiera poco, mal y tarde.

Y para cerrar, el bingo completo: la culpa es de la República, de los “separadores”, de los de siempre. El golpe de Estado desaparece, la responsabilidad militar se diluye y la propaganda franquista vuelve a salir intacta, como si no hubieran pasado ochenta años. Literatura vieja, rancia, pero todavía útil para quienes necesitan justificar por qué les molesta tanto la memoria.

Al final, lo de Pulido es sencillo: normalizar la dictadura, relativizar sus crímenes, equiparar víctimas y verdugos y atacar cualquier intento de justicia o reparación. Un panfleto reaccionario publicado en un medio con una larga y cómoda relación con el franquismo. Todo encaja.

Franco no fue un “contexto”, fue un dictador. Sus víctimas no son un problema narrativo, son una acusación permanente. Y la democracia no cayó del cielo ni la trajeron franquistas reciclados: la empujaron quienes se metieron en política cuando hacerlo significaba jugarse la libertad y la vida. Justo lo que este periódico nunca contó sin trampas.

La memoria no es revancha. Es lo único que impide que artículos como este sigan vendiendo silencio como concordia y amnesia como paz.

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