El artículo de Jaime Ignacio Del Burgo del pasado 26 de abril titulado “Desnavarrización” de Navarra, no solo es una defensa fervorosa de un modelo de Navarra obsoleto y excluyente, sino un claro intento de manipular la historia y la política local para justificar una postura reaccionaria que, más que defender tradiciones, busca imponer una visión estrecha y fundamentalista de lo que significa ser navarro.
El autor se lanza a la crítica contra el alcalde Asiron, pero en lugar de argumentar de manera coherente, se dedica a crear una caricatura del progresismo, presentando las políticas actuales como una amenaza existencial para la identidad de Navarra. Hablar de “desnavarrización” a estas alturas del siglo XXI es una falacia total: las tradiciones deben evolucionar con la sociedad, no estancarse en un pasado que ya no representa la realidad diversa y plural de la Navarra actual. Pretender que las fiestas de San Fermín, en su formato tradicional, no pueden ser cuestionadas o modificadas es un acto de conservadurismo puro que no entiende las demandas de una sociedad cada vez más consciente de sus responsabilidades éticas y sociales.
El uso de figuras históricas como Tarradellas y Hemingway como defensores del “navarrismo” es un recurso miserable, demagógico y manipulador. Tarradellas fue un político con un enfoque inclusivo que nunca habría apoyado la visión cerrada y excluyente de Del Burgo. Hemingway, por su parte, era un hombre comprometido con la lucha contra el fascismo, algo que parece olvidarse convenientemente cuando se utiliza su figura para justificar una agenda de ultraderecha. Invocar a estos personajes históricos como si fueran aliados en una cruzada contra el progreso y la modernidad es un ejercicio de distorsión de la realidad impresentable.
Del Burgo no solo descalifica el trabajo de Asiron, sino que lo acusa de pretender “romper una tradición de siglos” sin ofrecer una visión alternativa, construida sobre un imaginario de pureza y homogeneidad que no tiene cabida en una Navarra moderna y plural actual. Su postura es clara: en su mundo, no hay espacio para el cambio ni para la reflexión. La crítica a la encuesta encargada por el alcalde, que busca comprender el sentir de la población sobre los encierros y las corridas de toros, es simplemente un intento de deslegitimar cualquier intento de adaptación a los nuevos tiempos. En vez defender el ejercicio democrático de conocer las opiniones de los ciudadanos, Del Burgo prefiere aferrarse a una visión dogmática de las tradiciones que no admite ni el más mínimo cuestionamiento.
Es especialmente preocupante que Del Burgo, en su afán de proteger lo que él considera “lo navarro”, sea tan insensible al hecho de que las fiestas de San Fermín no son patrimonio exclusivo de un sector de la población. Las fiestas deben ser inclusivas, no una excusa para perpetuar prácticas que excluyen y que, en muchos casos, son cada vez más cuestionadas por la sociedad. No hay justificación para seguir defendiendo un modelo de fiesta que niega la evolución de los tiempos, ni para permitir que figuras como Del Burgo sigan defendiendo, con tono autoritario, que no haya debates abiertos y democráticos.
Lo que realmente está en juego aquí no es la preservación de las tradiciones, sino el intento de imponer una visión totalitaria y nostálgica de un Navarra que nunca existió para muchos de sus ciudadanos. En lugar de mirar al pasado con nostalgia, deberíamos centrarnos en construir una Navarra inclusiva, diversa y respetuosa con todos sus habitantes, sin importar sus creencias, orígenes o sensibilidades.
El texto de Del Burgo es una crítica totalmente destructiva, es un ataque a la democracia, al diálogo y a la pluralidad. Es un intento de perpetuar un modelo de Navarra donde solo hay espacio para un tipo de visión ideológica, mientras se silencia el debate y se atacan las voces que proponen un futuro diferente.
