En plena tormenta política por el llamado “caso Cerdán”, el Diario de Navarra ha desplegado una cobertura tan intensa como sesgada, tan milimétrica en algunos detalles como ciega en otros. La obsesión casi enfermiza del periódico con cada movimiento de Santos Cerdán y su entorno —reportaje tras reportaje, filtración tras filtración, editorial tras editorial— solo se comprende al comparar el silencio ensordecedor que mantiene sobre otros escándalos igualmente graves. Especialmente uno: el Caso Montoro, una trama de contratos públicos presuntamente amañados que salpica directamente al PP y que, a pesar de estar judicializada, ha desaparecido por completo del radar del pasquín de Cordovilla.
En cambio, con Cerdán, la ofensiva es total. Diario de Navarra ha publicado más de una docena de artículos en apenas un mes. Titulares en portada, cronologías detalladas, galerías fotográficas, exclusivas de la UCO, documentos notariales filtrados, registros laborales, adjudicaciones, conflictos familiares y hasta declaraciones de vecinos. Lo que en otros medios es una cobertura informativa, aquí ha alcanzado niveles de persecución selectiva. Una campaña calculada, donde cada hecho es expuesto con una intensidad desproporcionada, cada sospecha elevada a certeza, cada relación personal convertida en prueba irrefutable de corrupción sistémica.
Sí, hay hechos graves. Sí, el caso merece una investigación seria. Pero no hay proporcionalidad. No hay pluralidad de enfoques. No hay autocrítica. Y sobre todo, no hay rastro del Caso Montoro, ni del silencio pactado entre constructoras y antiguos responsables del Gobierno foral que, según autos judiciales, intervinieron en procesos irregulares de contratación durante más de cinco años. ¿Por qué un escándalo sí y el otro no? ¿Por qué una lupa para unos y una venda para otros?
La línea editorial de Diario de Navarra siempre ha sido conservadora, nadie lo discute. Pero lo que hoy ocurre en sus páginas va más allá de una ideología. Es una muestra de instrumentalización del periodismo, de uso de la prensa como herramienta de presión política, de ajuste de cuentas. Mientras los hechos que afectan al PSOE se convierten en martillos editoriales, los que comprometen al PP se desvanecen como si nunca hubieran existido. No se trata solo de lo que se dice, sino de lo que se calla.
Ni una línea sobre la amistad documentada entre empresarios adjudicatarios en Belate y cargos de UPN. Ni una sola pregunta incómoda al ex ministro Montoro. En cambio, cada euro de Servinabar, cada nómina de un familiar de Cerdán, cada comparecencia parlamentaria es portada, editorial, vídeo y gráfica interactiva. Lo que debería ser periodismo de investigación se ha transformado en periodismo inquisitorial, con objetivos políticos claros y protegidos inconfesables.
Este no es solo un problema de Navarra. Es un síntoma de una enfermedad que afecta a muchas democracias: medios con poder estructural que deciden a quién destruyen y a quién protegen. Que se convierten en actores políticos con intereses económicos cruzados. Que se ocultan detrás de la libertad de prensa para hacer de la información un campo de batalla partidista. Que olvidan que el deber periodístico no es hacer campaña, sino decir la verdad con la misma dureza, venga de donde venga.
Hoy el Diario de Navarra lidera una cacería que oculta otra. No porque no crea en la justicia, sino porque no cree en la equidad. Porque no le interesa el periodismo, sino la narrativa. Porque no quiere informar, quiere influir. Y porque, como tantas veces en la historia, cuando la prensa se convierte en partido, la verdad se convierte en rehén.
