Bajo la dirección de Miguel Riezu, el periódico ha reforzado su papel como brazo propagandístico de una derecha incapaz de adaptarse a los profundos cambios sociales y políticos que exige la ciudadanía.
Lejos de informar con objetividad, el Diario ha blindado un modelo excluyente y autoritario, negando el pluralismo que define a una sociedad democrática. Desde su redacción, se libra una guerra mediática contra todo intento de construir una Navarra más inclusiva, autónoma y moderna. Y lo hace con un estilo editorial que no busca analizar, sino polarizar.
La cobertura sobre los acuerdos presupuestarios entre el Gobierno de Navarra y EH Bildu es el ejemplo más evidente: en vez de ofrecer análisis o contexto, el Diario recurre a la demonización, lanzando acusaciones vacías sobre un supuesto “blanqueamiento” de EH Bildu. Ignora deliberadamente que esta coalición ha rechazado la violencia en múltiples ocasiones y que ETA cesó su actividad hace más de una década. Esta táctica de agitar el fantasma de ETA no solo es deshonesta; es irresponsable y profundamente antidemocrática.
El objetivo es claro: deslegitimar cualquier alternativa a UPN, bloquear toda forma de gobernabilidad que no pase por sus manos y alimentar una visión distorsionada en la que sólo ellos representan la «verdadera» Navarra. Pero con este enfoque, el Diario no solo ataca a EH Bildu o al actual Gobierno: ataca los propios cimientos de la democracia navarra.
Durante más de 30 años, UPN gobernó con mayorías absolutas. En ese tiempo, no construyó un sistema político inclusivo, sino una red clientelar orientada a beneficiar a las grandes empresas, a las élites, y a quienes compartían su visión excluyente. Las decisiones importantes se tomaban a puerta cerrada, y las políticas públicas estaban al servicio de unos pocos, mientras la mayoría social quedaba marginada.
El Diario de Navarra fue cómplice directo de este sistema. Cada paso de UPN fue acompañado por editoriales disfrazadas de periodismo, sembrando miedo, desinformación y nostalgia por un tiempo en el que la ciudadanía no decidía, solo obedecía. Hoy, bajo la dirección de Riezu, ese papel no solo se ha mantenido: se ha intensificado.
Esa simbiosis entre UPN y el Diario tiene raíces profundas. Figuras como Jaime Ignacio del Burgo diseñaron, con la Ley del Amejoramiento del Fuero, un modelo que otorgaba a Navarra una apariencia de autonomía mientras consolidaba el poder en manos de unos pocos. Un sistema en el que la pluralidad política y la verdadera participación democrática quedaban fuera.
Y es ese mismo sistema el que el Diario de Navarra sigue defendiendo con fervor. Ignora deliberadamente los avances democráticos de las últimas décadas, desacredita acuerdos ratificados por las urnas y ataca todo lo que escape a su estrecha visión de Navarra. Una visión que responde más al miedo a perder privilegios que a un compromiso real con el bien común.
UPN y el Diario de Navarra son los últimos guardianes de un pasado que la sociedad ya ha superado. Un pasado de poder concentrado, decisiones elitistas y exclusión sistemática. Mientras Navarra avanza, ellos se aferran a discursos rancios, incapaces de entender que los tiempos han cambiado.
Pero por más que se resistan, la historia no se detiene. La sociedad navarra ha demostrado que quiere caminar hacia un futuro más justo, plural y democrático. Y ese futuro no lo escribirán quienes viven anclados en el ayer, sino quienes se atreven a construir algo nuevo, con todas y para todas las personas.
