En Navarra, morir tiene un protocolo que parece inamovible: el tanatorio, el funeral y la esquela en «el Diario». Sin embargo, tras esa orla negra no solo hay dolor, sino un engranaje financiero de beneficios obscenos y una herencia histórica que muchos prefieren olvidar. Publicar un último adiós en el Diario de Navarra es, técnicamente, comprar el espacio publicitario más caro de la región. Mientras la utilidad práctica de estos anuncios ha muerto a manos de la inmediatez de WhatsApp y las redes sociales, la cabecera mantiene precios de lujo que no corresponden a su valor informativo real.
Un modelo básico (Modelo 1), que apenas ocupa unos centímetros, cuesta exactamente 169,72 €, mientras que el Modelo 3, uno de los más comunes, sube hasta los 629,20 €. Si la familia desea una despedida de mayor impacto, como el Modelo 8 (media página horizontal), el coste se dispara hasta los 4.833,95 €. Si calculamos que en 2025 se publicaron unas 8.000 inserciones entre esquelas, agradecimientos y aniversarios, con un gasto medio por familia de unos 450 €, el resultado es demoledor: el Diario de Navarra se embolsó aproximadamente 3,6 millones de euros gracias a la muerte el pasado año. Es un contenido que no requiere periodistas, ni investigación, ni redactores en plantilla; es, sencillamente, la rentabilidad absoluta del sentimiento ajeno.
Para entender por qué este medio ostenta tal monopolio emocional en Navarra, hay que mirar atrás y analizar una herencia incómoda. El Diario de Navarra no es un observador neutral de nuestra historia; fue un pilar fundamental para el sostenimiento del régimen franquista en la provincia. Durante la Guerra Civil y la dictadura, el periódico actuó como un colaborador activo en la construcción de la narrativa del bando sublevado. Mientras hoy cobran cientos de euros por recordar a los fallecidos de ciertas familias, durante décadas el Diario fue cómplice del silencio sepulcral sobre los miles de navarros fusilados en las cunetas, a quienes se les negó sistemáticamente incluso el derecho a una mención o a un entierro digno.
¿Tiene sentido que hoy, en pleno siglo XXI, sigamos entregando nuestros ahorros por una esquela a una institución que históricamente decidió quién merecía ser recordado y quién debía ser borrado de la memoria colectiva? Hoy en día, la esquela es un atavismo, un resto de un pasado donde no había otros canales de comunicación. Mantener esta costumbre en el Diario es, en gran medida, alimentar un estatus social obsoleto y seguir financiando a una empresa que ha construido su imperio sobre el monopolio de la opinión y la bendición del régimen anterior.
Publicar una esquela en el Diario de Navarra es alimentar un negocio que se nutre de la vulnerabilidad del duelo y de una posición de dominio heredada de tiempos oscuros. Si la esquela ya no informa como antes, si el precio es abusivo y si la trayectoria del medio choca frontalmente con los valores democráticos actuales, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos pagando? El mejor homenaje a un ser querido no debería ser un recuadro carísimo en un papel que mañana será basura, sino un recuerdo vivo que no pase por la caja de una empresa con semejante historial.
