Lo de Manuel Sarobe ya no es opinión, es arqueología de la soberbia. Leer su última diatriba en el Diario de Navarra es como abrir una ventana a una sacristía en 1950: huele a cerrado, a naftalina y a ese miedo cerval que tienen las élites cuando descubren que el resto del mundo ha aprendido a leer y a votar sin pedirles permiso.
Sarobe, ese notario que confunde el interés general con el equilibrio de sus propias minutas, se ha erigido en el guardián de un “orden” que solo existe en su imaginación. Para él, si la política no la hacen señores con corbata de seda y apellidos compuestos, no es política, es “ruido”. Le produce urticaria que Navarra deje de ser ese pesebre donde cuatro familias se repartían el bacalao mientras el resto aplaudía los desfiles.
Resulta de un cinismo de dimensiones catedralicias su desprecio por lo público. Critica la gestión del Estado mientras su fortuna crece gracias a una concesión administrativa de carácter casi medieval como es la notaría. Se atreve a dar lecciones de eficiencia a los servicios sociales o a la sanidad pública desde la barrera de su sanidad privada y sus fondos de inversión, tratando lo que es de todos como si fuera el juguete roto de unos incompetentes, solo porque no responden a sus intereses de clase.
Su obsesión con el “caos” actual no es más que pánico de clase. Le molesta que se hable de derechos sociales o de fiscalidad justa, porque en su esquema mental, Navarra es una empresa familiar donde él es el secretario perpetuo del consejo de administración. No soporta que las decisiones de la comunidad ya no se tomen entre saludo y saludo mientras se pasea por Carlos III, entre el Palacio y el Club de Tenis.
Señor Sarobe, admítalo: lo que usted llama “buena gestión” es simplemente que manden los suyos. Lo que usted llama “sentido común” es el privilegio de unos pocos. Sus artículos son el último refugio de una casta en retirada que, al verse incapaz de convencer en las urnas, intenta humillar desde la columna de opinión de un diario que le sirve de altavoz para su nostalgia.
Es usted el notario de una época que se muere, y su pluma solo sirve ya para levantar acta de su propia irrelevancia. Siga usted dándose palmaditas en el pecho con sus amigos de la “Navarra oficial”, mientras la Navarra de verdad le pasa por encima sin mirar atrás. Su tiempo ya no es este, y su opinión tiene el mismo valor que un testamento revocado: es papel mojado. Guarde el sello y cállese; al menos así conservará la dignidad de los que saben retirarse antes de que el barro le llegue a las rodillas.
