El notario pamplonica, que ve conspiraciones abertzales hasta en la tómbola de Cáritas, nos regalaba el pasado 29 de mayo otro sermón donde la españolidad casposa lucha contra molinos de viento multicolor: “Tengamos la fiesta en paz”
¡Oh, divino espectáculo del notario Sarobe, ese alquimista que transforma la bilis reaccionaria en prosa barata! He aquí al último cruzado de la españolidad más rancia, blandiendo su pluma como si fuera una espada de los Tercios, pero que en realidad es más bien un mondadientes oxidado. Qué delicia verle patalear contra los molinos de viento modernos, esos terribles carteles donde ondean más colores que en su grisáceo imaginario de Pamplona eternamente franquista.
¡Ay, las banderas! Esas telas diabólicas que le quitan el sueño al pobre notario. La ikurriña, la palestina, el arrano beltza… ¡Va de retro! Cualquiera diría que en lugar de símbolos políticos son los jinetes del Apocalipsis cabalgando sobre su frágil sentido del decoro. Mientras tanto, cuando la ultraderecha navarra despliega su colección de nostalgias golpistas, nuestro hombre adopta esa mirada vidriosa de quien mira al horizonte fingiendo no ver lo evidente. ¡Qué selectiva es su indignación! Tan precisa como su moral: sólo se activa cuando los que protestan no son de los suyos.
Y luego está su obsesión con Asiron, ese “alcalde etarra” que tanto le atormenta. Tanto repite el epíteto que uno sospecha que en su casa debe tener un altar con velas donde quema fotos del pobre hombre entre recortes de periódico y banderitas de España. Pero no, no es rencor, ¡Dios nos libre! Es sólo “periodismo de opinión”, esa noble actividad donde los prejuicios se disfrazan de análisis y las cuentas pendientes de juicio crítico.
El giro magistral llega cuando, tras soltar su retahíla de lugares comunes, se pone la máscara de pacificador. ¡Qué bonito! Primero siembra cizaña durante años, azuza los odios, caricaturiza al adversario, y luego, con cara de santo, viene a pedir “paz”. Como esos matones de taberna que, tras partirle la cara a alguien, piden “tranquilidad, caballeros”. ¡Vaya arte para el doblepensar! Franco, desde su mausoleo, debe estar orgulloso de su alumno más aplicado.
En definitiva, otro panfleto rancio de un notario que sigue peleando batallas que nadie más libra. Pamplona merece mejores cronistas que este nostálgico de un orden que sólo existe en su cabeza. Pero ánimo, don Manuel: algún día alguien leerá sus artículos y… bueno, en realidad no. Ni como curiosidad histórica. Qué pena de tinta gastada en prejuicios caducos. ¡Al menos nos queda el consuelo de que el futuro, afortunadamente, no le incluye en sus planes!
