En Navarra hay debates que parecen repetirse con una precisión casi mecánica. Basta con que una figura de EH Bildu tenga relevancia institucional para que determinados sectores políticos y mediáticos reactiven la misma maquinaria de polémica. El último ejemplo lo encontramos en el artículo publicado recientemente por María Caballero en Diario de Navarra, en el que se utilizan unas declaraciones del alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, para construir una acusación política tan previsible como forzada.
En su columna, Caballero sostiene que las palabras de Asiron sobre la Korrika lo “retratan”, insinuando que el alcalde aceptaría “gustoso” pancartas de apoyo a presos de ETA mientras no toleraría otras reivindicaciones. Es una interpretación contundente, pero profundamente discutible, porque parte de una lectura interesada de lo que realmente se dijo.
Las declaraciones del alcalde se referían a algo bastante evidente en cualquier evento multitudinario: cuando miles de personas participan en un acto popular, cada individuo puede expresar sus propias reivindicaciones. Eso no convierte automáticamente a la organización del evento ni a las instituciones en responsables de cada pancarta que aparezca. Transformar esa constatación básica en una supuesta legitimación política es un salto argumental considerable.
Sin embargo, ese salto es precisamente el que permite construir el relato que algunos necesitan. Porque la cuestión de fondo no es lo que dijo Asiron, sino el marco político en el que se quiere situar a EH Bildu. Y ahí aparece un patrón muy conocido en la política navarra: cuando faltan propuestas o proyecto político, resurgen las campañas de desgaste.
Durante años, una parte de la derecha navarra —con UPN como actor principal— ha recurrido a este mismo mecanismo. En lugar de confrontar modelos de ciudad, políticas públicas o propuestas para el futuro, se opta por desplazar el debate hacia la descalificación moral del adversario. Cualquier palabra se amplifica, cualquier contexto se simplifica y cualquier matiz desaparece si sirve para alimentar el titular adecuado.
El artículo de Caballero se inscribe con bastante claridad en esa dinámica. No busca tanto explicar un hecho como reforzar un marco político conocido: el de presentar a EH Bildu como un actor permanentemente sospechoso. Es una estrategia que durante años ha sido utilizada con frecuencia, pero que cada vez resulta más evidente para una sociedad navarra que ha evolucionado mucho en su forma de entender la política.
Mientras tanto, Pamplona y Navarra siguen teniendo retos reales que requieren debate político serio: vivienda, servicios públicos, desarrollo económico, convivencia y futuro social. Son cuestiones complejas que exigen propuestas concretas y discusión democrática.
Quizá por eso resulta llamativo que, en lugar de centrarse en esos debates, algunos prefieran seguir alimentando polémicas construidas a partir de interpretaciones forzadas. Porque cuando el foco político se coloca casi exclusivamente en desacreditar al adversario, lo que termina quedando al descubierto no son las supuestas contradicciones del otro, sino la falta de ideas propias.
Navarra merece un debate político de mayor nivel. Y, sobre todo, merece que quienes aspiran a influir en la opinión pública lo hagan con argumentos sólidos, no con caricaturas.
