Durante casi tres décadas, Unión del Pueblo Navarro (UPN) vendió un mito prefabricado: el de la estabilidad, el régimen foral y la «buena gestión». Pero tras esa fachada de invulnerabilidad lo que realmente se acumuló fue una montaña de escándalos, megalomanía, despilfarro y ruina reputacional que dinamitó el régimen regionalista.
El ejemplo más sangrante de este saqueo del prestigio navarro fue la destrucción de Caja Navarra (CAN). Lo que durante generaciones fue el motor económico e identidad financiera de la comunidad terminó troceado en Banca Cívica y regalado a CaixaBank. Y mientras la entidad colapsaba, sus dirigentes se llenaban los bolsillos con las vergonzosas dietas de la Junta de Entidades Fundadoras. La indignación social fue tan ensordecedora que Yolanda Barcina tuvo que devolver 68.553 €, Miguel Sanz unos 39.000 € y Enrique Maya cerca de 12.000 €. Aunque esquivaron las condenas penales, el juicio de la calle fue inapelable: simbolizaron una casta desconectada y voraz.
A este desastre financiero se sumó la orgía de infraestructuras inútiles levantadas con el dinero de todos. Prometieron que el Circuito de Navarra en Los Arcos dinamizaría la economía, pero solo dejó más de 28 millones de euros en pérdidas acumuladas sin dar un solo euro de beneficio, hasta que lo malvendieron en 2022 al grupo británico Motor Sport Vision por la miseria de 7 millones. Con el Navarra Arena perpetraron otro monumento al despropósito: gastaron casi 60 millones de euros para tener un pabellón totalmente terminado y cerrado cogiéndole polvo durante cinco años por pura falta de planificación. Y la guinda del despilfarro la puso el Museo de los Sanfermines, una promesa fantasma que jamás se construyó pero que tiró a la basura años de presupuestos en estudios y proyectos de redacción.
Por dentro, el monolito regionalista siempre estuvo podrido por las guerras de poder. Ya en 1995 la fractura de Juan Cruz Alli para crear CDN dinamitó el partido. En 2008, la ruptura de su alianza histórica de 17 años con el Partido Popular resquebrajó el voto conservador. Y la estocada final llegó en 2022 con la rebelión grotesca de Sergio Sayas y Carlos García Adanero, desobedeciendo a su propia dirección en la votación de la reforma laboral para acabar vendidos en las listas del PP, dejando a UPN en el ridículo político.
En el tramo final, desesperados y acorralados, cayeron en la crispación social y el discurso de odio, con las polémicas de Enrique Maya estigmatizando a los menores extranjeros no acompañados. Todo para acabar cosechando el colapso definitivo: en diciembre de 2023, una moción de censura histórica echó a Cristina Ibarrola de la alcaldía de Pamplona sólo seis meses después de asumir el cargo. Fue la constatación de que UPN se había quedado solo, incapaz de pactar con nadie y repudiado por la mayoría. El imperio regionalista no cayó por casualidad: lo hundieron su propia codicia, su nefasta gestión y una soberbia que la ciudadanía navarra decidió no tolerar ni un segundo más.
