El Diario de Navarra y Montejurra: el periódico que ahora quiere corregir su propia historia

✍🏻 Diablo de Navarra.

La posición de Diario de Navarra estuvo marcada desde el principio por la ambigüedad política… que necesitaban las estructuras del poder en plena Transición.

Los especiales publicados los días 9 y 10 de mayo de 2026 por Diario de Navarra con motivo del cincuentenario de los sucesos de Montejurra contienen una operación de reconstrucción retrospectiva mucho más relevante de lo que aparenta. No se trata únicamente de recordar aquellos hechos, sino de reescribir el papel que el propio periódico desempeñó entonces. El mensaje implícito que atraviesa buena parte del tratamiento conmemorativo es claro: presentar al diario como un medio que ya en 1976 habría denunciado con claridad la violencia política y las responsabilidades del Estado en Montejurra. Y eso, sencillamente, no es verdad.

Porque basta revisar las páginas de mayo de 1976 para comprobar que la posición de Diario de Navarra estuvo marcada desde el principio por la ambigüedad política y por un enfoque profundamente funcional al relato que necesitaban las estructuras del poder en plena Transición. Es cierto que el diario recogió la gravedad de los hechos, habló de muertos, de heridos y de tragedia. Los titulares del 11 de mayo de 1976 —firmados por el entonces director José Javier Uranga— hablaban de “Un muerto y cuatro heridos de bala” y de “La sangrienta reconquista de Montejurra”. Pero junto a esa descripción dramática convivía desde el primer momento un marco interpretativo muy concreto: el de un enfrentamiento interno entre facciones del carlismo, casi una guerra familiar degenerada en violencia.

Esa fue precisamente la gran coartada narrativa de aquellos días. Presentar Montejurra como una explosión de rivalidades carlistas permitía ocultar o minimizar la verdadera dimensión política de lo ocurrido: la presencia de grupos armados de extrema derecha, la participación de mercenarios internacionales vinculados a redes neofascistas, la tolerancia de las fuerzas de seguridad y el papel de sectores del aparato estatal en una operación destinada a disciplinar políticamente el proceso de cambio abierto tras la muerte de Franco.

El problema no es que el periódico no dispusiera de toda la información en aquel momento; el problema es el marco político desde el que eligió contar los hechos. Y ese marco nunca fue el de una denuncia frontal de la violencia de Estado. Muy al contrario: la insistencia en la idea de “enfrentamiento entre hermanos”, “lucha entre facciones” o “división interna del carlismo” contribuía exactamente a diluir responsabilidades políticas y a encapsular la masacre dentro de una supuesta lógica tribal y casi sentimental del propio movimiento carlista.

Eso es lo que ahora, cincuenta años después, el diario parece intentar corregir retrospectivamente. Los especiales de 2026 transmiten la impresión de que Diario de Navarra habría mantenido desde el inicio una posición crítica y valiente frente a las estructuras de poder implicadas en Montejurra. Como si el periódico hubiera sido una voz incómoda frente a las cloacas del Estado naciente. Pero la hemeroteca desmiente esa autocomplacencia. El diario no denunció entonces la existencia de una operación parapolicial ni señaló con claridad las responsabilidades políticas profundas de lo ocurrido. Al contrario: ayudó a consolidar el relato ambiguo que permitía convertir un episodio de violencia política organizada en un problema interno del carlismo.

Y esa ambigüedad no fue inocente. Formaba parte del clima político de la llamada Transición, un proceso construido sobre enormes dosis de silencio, cálculo y miedo. Montejurra fue uno de los primeros mensajes de advertencia del nuevo régimen: la apertura política tendría límites estrictos y determinados sectores del Estado estaban dispuestos a utilizar la violencia para fijarlos. Lo sucedido en Navarra anticipaba mecanismos que poco después cristalizarían de forma mucho más visible en los GAL y en las prácticas de guerra sucia: utilización de grupos irregulares, tolerancia institucional hacia la violencia ilegal y construcción posterior de relatos mediáticos destinados a amortiguar el impacto político de los hechos.

La consolidación de la monarquía de Juan Carlos I y del sistema político posterior exigía proyectar una imagen de transición ordenada y controlada. Admitir que en pleno proceso democratizador operaban estructuras parapoliciales vinculadas al viejo aparato franquista resultaba incompatible con el relato oficial de reconciliación nacional. Por eso era tan importante reducir Montejurra a una cuestión de “familias enfrentadas”. Porque esa interpretación desactivaba automáticamente cualquier lectura estructural sobre la continuidad del franquismo dentro del nuevo régimen.

En ese contexto, el papel de Diario de Navarra fue coherente con la función histórica que había desempeñado durante décadas dentro del conservadurismo navarro. No actuó como un contrapoder que desenmascarara las zonas oscuras de la Transición, sino como un actor integrado en un determinado bloque político y cultural interesado en preservar la estabilidad del nuevo sistema y en evitar cualquier ruptura profunda con las estructuras heredadas del franquismo.

Por eso el problema del actual tratamiento del cincuentenario no es simplemente historiográfico. Ahora, con todo lo que se ha escrito y reconocido, incluso por instituciones públicas, sobre aquellos sucesos, y con su verificación por testimonios directos y documentales, resulta muy fácil describir la agresión orquestada por los aparatos del Estado. Lo verdaderamente problemático es el intento de proyectar hacia el pasado una imagen más digna y crítica de la que realmente tuvo el periódico en aquel momento. No se está tratando solo de reinterpretar Montejurra; se está intentando reinterpretar el propio papel del diario en aquellos años.

Y precisamente ahí aparece la cuestión de fondo: la lucha por el control de la memoria. Porque Montejurra sigue siendo incómodo no solo por los muertos y los heridos, sino porque revela las sombras sobre las que se edificó buena parte del régimen político surgido de la Transición. Habla de violencia tolerada desde el Estado. Habla de impunidad. Habla de continuidad de élites políticas, policiales y mediáticas. Y habla también del papel de determinados medios de comunicación que contribuyeron a envolver todo aquello en un lenguaje ambiguo destinado a proteger la arquitectura del nuevo poder.

Cincuenta años después, la memoria de Montejurra merece algo más que homenajes retóricos y reconstrucciones interesadas. Merece honestidad histórica. Y esa honestidad comienza por reconocer que una parte importante de la prensa española —incluido Diario de Navarra— no denunció entonces con claridad la violencia política que tenía delante, sino que ayudó a diluirla bajo el cómodo relato de un simple enfrentamiento interno del carlismo.

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