El argumento suena noble, casi poético, pero su belleza se desvanece al primer roce con la historia. No hay ideología más tenaz, más hábil en el arte del disfraz, ni más persistente en su vocación de poder que la cristiana.
Arbeloa sostiene que el cristianismo trasciende las ideologías porque se funda en una “revelación”, no en un constructo humano. Pero ¿qué ideología no ha pretendido lo mismo? El marxismo invocó la historia, el liberalismo la razón, y el cristianismo, simplemente, a Dios. La diferencia no es de esencia, sino de marketing teológico.
Desde sus orígenes, el cristianismo se comportó como una estructura sectaria con pretensiones imperiales:
- Separación del mundo: “Salid de entre ellos y apartaos” (2 Corintios 6:17).
- Verdad exclusiva: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
- Control total: una jerarquía que regula pensamiento, deseo y cuerpo.
- Relato de elección divina: el viejo mito del pueblo elegido recodificado como “Iglesia”.
Y sobre esta arquitectura espiritual se edificó una maquinaria política que ha sabido vestir la autoridad con túnica blanca. Arbeloa acusa a las ideologías de absolutizar; sin embargo, el cristianismo absolutiza todo: su texto, su figura central, su moral. Y lo hace con una eficacia que las ideologías modernas sólo pueden envidiar.
Durante siglos, su cruz ha acompañado ejércitos, hogueras y tribunales. El cristianismo institucional no necesitó levantar guillotinas: perfeccionó la muerte moral antes que la física. Bastaba una acusación de herejía, una duda, una palabra mal dicha. Lo que Arbeloa llama “comunidad de fe” fue, históricamente, una red disciplinaria que fabricó obediencia a golpe de miedo escatológico y culpa heredada.
El cristianismo ha sido también una formidable máquina de doble pensamiento: predica amor mientras justifica guerras; ensalza la humildad pero bendice imperios; predica libertad espiritual mientras censura la conciencia. En su seno, la contradicción se convierte en virtud: creer aunque no se entienda, obedecer aunque duela, callar en nombre del amor.
Arbeloa insiste en separar el “cristianismo esencial” de sus deformaciones históricas, como si hubiera un evangelio puro en algún limbo metafísico. Pero el cristianismo sólo existe encarnado en su historia, y esa historia está escrita con fuego y con sangre. No son manchas, son su textura misma.
Su fuerza no radica en la verdad, sino en la sofisticación del control. Pocos sistemas han sabido convertir la culpa en motor, la esperanza en correa y la obediencia en virtud. No hay ideología más hábil en perpetuar su dominio bajo el disfraz de salvación.
Así que no, señor Arbeloa: el cristianismo no está por encima de las ideologías. Es su madre más longeva y su maestra más refinada. Su genio ha consistido en hacer pasar la autoridad por amor, la sumisión por fe y la dominación por redención. Y esa alquimia, tan humana, tan política, es la que mantiene en pie la más antigua maquinaria de poder que ha conocido Occidente.
