El carroñerismo de Del Burgo: Alfredo Jaime como pretexto  

Tras el obituario de Alfredo Jaime, el pasado 16 de febrero Del Burgo volvía a la carga en Diario de Navarra. No era un adiós sino su enésimo ejercicio de narcisismo usando un cadáver como valla publicitaria.

Lo de Jaime Ignacio del Burgo no es un homenaje; es una expropiación ideológica. Resulta obsceno que, antes siquiera de que la tierra cubra el féretro de Alfredo Jaime, Del Burgo ya esté utilizando el nombre de un compañero para apuntalar su propio monumento personal. Es el oportunismo político elevado a su máxima expresión: utilizar un obituario no para llorar al aliado, sino para recordarnos que él se considera el principio y el fin de la institucionalidad navarra.

Del Burgo no escribe para recordar a nadie; escribe para que nadie se olvide de Del Burgo. Su artículo es un ejercicio de vanidad patológica donde el fallecido queda reducido a un simple figurante, un testigo mudo que ya no puede matizar ni contradecir el relato de un hombre obsesionado con su propio rastro en la historia de esta tierra. Es una falta de respeto absoluta a la memoria colectiva reducir la política de Pamplona a un mero pie de página en la hagiografía que Del Burgo redacta sobre sí mismo cada vez que encuentra un hueco en la prensa amiga.

La vieja y archiconocida estrategia de vender mercancía averiada bajo el disfraz de la nostalgia derechista. Lo que Del Burgo intenta colar como «crónica histórica» es una manipulación burda que busca blindar su figura frente al paso del tiempo, apropiándose de cualquier espacio público para tapar sus propias sombras y las de una época de caciquismo que Navarra ya ha superado. No hay generosidad en sus palabras, solo cálculo y un narcisismo que no descansa ni ante la muerte.

Lo que Del Burgo necesitaba era a Jaime —muerto— para hablar de sí mismo. Lo suyo no es homenaje sino parasitismo político. No hay nada más miserable que usar un entierro como campaña personal de reafirmación. Es la vieja táctica de la derecha más rancia: adueñarse de la memoria para seguir en el foco, sin importar a quién se instrumentalice en el camino.

Del Burgo solo merece la denuncia de quienes no toleramos que la muerte ajena se convierta en un instrumento de propaganda. Navarra ya conoce bien a sus actores y sabe que, tras ese falso sentimentalismo, solo hay un ego que se niega a aceptar su propia irrelevancia y que pretende seguir dictando la historia desde el privilegio y la soberbia.

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