El candado del 78: La herencia de Franco en papel timbrado

Respuesta al escrito de Pedro Pegenaute del pasado 27 de febrero en Diario de Navarra.

AMEZTIA 28 de febrero de 2026.

El texto de Pedro Pegenaute no es más que el enésimo ejercicio de autocomplacencia de una casta que confunde la estabilidad con la parálisis. Con el orgullo de quien cree haber inventado la pólvora, nos vende la longevidad de la Constitución de 1978 como un éxito civilizatorio. Sin embargo, para quienes no aceptamos el relato oficial, esa duración no es un mérito, sino la prueba de que el mecanismo de cerrojo diseñado en los despachos del postfranquismo sigue cumpliendo su función: impedir que el pueblo tome la palabra.

Pegenaute escribe desde la nostalgia de un salón del Congreso donde se fraguó la gran estafa. Llama «marco de convivencia» a lo que fue un chantaje en toda regla. No hubo una ruptura real con la dictadura, sino una reforma de sus estructuras para que los mismos perros portaran distintos collares. El autor omite de forma deliberada que el texto que tanto ensalza fue tutelado por un ejército sin depurar y bendecido por una oligarquía que necesitaba una fachada homologable en Europa para seguir saqueando el país.

RADIOGRAFÍA DE UN «CONSENSO» BAJO SOSPECHA

  • El origen del Jefe: Juan Carlos I juró los Principios del Movimiento Nacional en 1969. Su legitimidad no nace de las urnas de 1978, sino de la Ley de Sucesión de Franco de 1947.
  • Padres con pasado: De los siete «padres» de la Constitución figuras como Manuel Fraga fueron ministros de la dictadura responsables de la represión.
  • Justicia blindada: La Ley de Amnistía de 1977, previa a la Constitución, aseguró que ningún torturador o mando franquista fuera juzgado, elevando la impunidad a rango de ley.

Lo más insultante de su discurso es la defensa de la monarquía parlamentaria como garante de la democracia. Hay que tener la cara de cemento para obviar que el actual jefe del Estado ocupa el trono por pura herencia biológica de un dictador genocida. Juan Carlos I no fue el motor del cambio, fue el último legado de Franco, colocado a dedo para asegurar que la jefatura del Estado quedara fuera del alcance de las urnas. Imponer al Borbón dentro de un paquete indivisible con las libertades básicas fue la mayor extorsión política de nuestra historia.

En cuanto a su visión de Navarra, Pegenaute destila ese regionalismo de orden que tanto gusta a la derecha. Utiliza la identidad navarra como un muro para frenar cualquier atisbo de soberanía popular o cambio social profundo. Su «Navarra es Navarra» es el eslogan de quienes temen que la gente decida libremente su futuro, prefiriendo mantener las esencias forales bajo el control de las élites de siempre.

El constituyente nos tacha de tener «inquina» contra su obra. No es inquina, es higiene democrática. Es el rechazo a un sistema que blinda los privilegios de la Corona, que convierte el derecho a la vivienda en una sugerencia y que utiliza la unidad de la patria para amordazar la voluntad de los pueblos. Su generación no nos trajo la libertad; nos trajo un contrato de adhesión que nadie menor de sesenta años ha podido votar.

No queremos celebrar los años que cumple su Constitución, queremos celebrar el día en que deje de ser nuestra cárcel. La paz que usted pregona se construyó sobre las fosas comunes de quienes lucharon por una República que ustedes enterraron en los despachos. Su consenso fue nuestra derrota y su «mejor Constitución» es el testamento de un dictador escrito con letra de demócrata.

Es hora de romper el candado y abrir las ventanas. Frente a su monarquía de herencia y sus leyes de punto final, nos queda la lucha por un proceso constituyente que devuelva el poder a quien nunca debió perderlo: el pueblo.

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