Hay quienes envejecen en democracia pero jamás logran sacudirse el polvo de los despachos del régimen anterior. El último ataque de Jaime Ignacio del Burgo contra la reforma del Amejoramiento es el perfecto ejemplo de ello. Envuelto en la bandera de un foralismo rancio y patrimonialista, el expresidente de la Diputación vuelve a la carga para intentar congelar a Navarra en el pasado. No es ninguna sorpresa: quien comenzó su carrera política escalando en las instituciones de la dictadura franquista difícilmente va a entender hoy lo que significa la soberanía popular, el debate democrático o la Navarra plural de 2026.
Presume Del Burgo de haber boicoteado la Ponencia del Parlamento. Dice, con una soberbia que asusta, que no acudió porque «el objetivo estaba fijado de antemano». La realidad es bastante más simple: a Del Burgo le horroriza el Parlamento porque es el lugar donde los navarros votan y deciden en libertad, un concepto que no entraba en los esquemas de las Cortes franquistas de las que formó parte como consejero foral. Pretender que las normas de esta comunidad solo se pacten entre quienes él etiqueta como «constitucionalistas» es el último coletazo de ese elitismo autoritario que cree que el destino de nuestra tierra debe decidirse entre cuatro señores en un reservado de Madrid, de espaldas a la ciudadanía.
Y por supuesto, para lanzar este sermón del miedo ha contado con su altavoz de cabecera: el Diario de Navarra. El periódico de Cordovilla, fiel a su centenaria tradición de proteger los intereses de los de siempre y actuar como guardián del cortijo, le vuelve a poner la alfombra roja para que esparza sus viejas proclamas. Es el ecosistema perfecto: un columnista atrincherado en el pasado y un medio de comunicación que sigue temblando cada vez que Navarra intenta avanzar un milímetro hacia el siglo XXI.
Su furibundo ataque a Juan Cruz Alli y a la propuesta de una “Ley Orgánica de Autogobierno del Pueblo Navarro” destapa sus peores vergüenzas históricas. A Del Burgo le produce urticaria la expresión «pueblo navarro» porque le recuerda las miserias del Amejoramiento de 1982, un texto del que es padre y cuyo mayor pecado original fue hurtar y negar a los navarros el derecho a un referéndum. Mientras el resto de comunidades históricas votaban en las urnas sus estatutos, Del Burgo y sus acólitos cocinaron un pacto de élites para evitar que la ciudadanía se pronunciase. Tenían miedo al pueblo entonces y le siguen teniendo miedo ahora. El Amejoramiento no nació de una pureza histórica inmaculada; nació del empeño de los herederos del régimen por mantener el control y evitar que las urnas desbarataran sus planes.
Como no podía ser de otra manera, el artículo recurre al comodín del odio visceral al euskera. Para Del Burgo, reconocer los derechos lingüísticos de los navarros o superar la injusta y segregacionista zonificación es sinónimo de claudicar ante el nacionalismo y «destruir Navarra». Es el mismo discurso del enemigo exterior que el franquismo utilizaba para perseguir las identidades periféricas. Reducir una lengua propia, histórica y navarrísima a una simple herramienta de invasión política es un insulto a la inteligencia del viejo Reino. Lo que le molesta a Del Burgo no es la legalidad constitucional; es que Navarra deje de ser ese feudo monolítico y uniformado que diseñaron en los años setenta.
El colofón de su texto abandona cualquier pretensión de rigor para abrazar la paranoia de la conspiración: une en un mismo hilo imaginario la ponencia navarra, el Parlamento Vasco, a Santos Cerdán y un apocalipsis separatista inminente. Es el delirio de un hombre atrapado en su propia trinchera ideológica, incapaz de asumir que los navarros ya no se asustan con el fantasma del comunismo ni con los viejos lemas del NO-DO.
Del Burgo cierra su artículo admitiendo que todo esto puede ser una “visión calenturienta”. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hay que darle la razón. La Navarra que él defiende junto a sus portavoces de Cordovilla —la del foralismo de despacho, la que desconfía del voto de sus ciudadanos y la que reniega de su propia cultura— es una Navarra que ya no existe. Por mucho que le pese al último procurador.
