Hay quienes necesitan enemigos para sostener su discurso. Cuando la realidad no proporciona suficientes, los fabrican. Ese es, precisamente, el mecanismo sobre el que se construye el artículo de Iñaki Iriarte López en el Diario de Navarra: tomar un incidente puntual, inflarlo hasta convertirlo en un síntoma de persecución colectiva y presentar a Euskadi como una sociedad dominada por una mayoría fanatizada que hostiga sistemáticamente a quienes se sienten españoles. El resultado no es un análisis político, sino un ejercicio de victimismo calculado que sacrifica el rigor en favor del impacto emocional.
El punto de partida es conocido: una txozna de Barakaldo decidió no servir a quienes llevaran la camiseta de la selección española durante el Mundial. Puede discutirse la decisión; puede calificarse de sectaria, absurda o profundamente equivocada. Pero convertir ese episodio en la prueba de una persecución institucional exige un salto argumental imposible de sostener. Aún más cuando el autor afirma que, si la camiseta hubiera sido la de Marruecos, la Fiscalía habría actuado por un delito de odio.
La comparación no resiste el menor análisis. Los delitos de odio no existen para proteger símbolos estatales, sino a personas y colectivos que sufren discriminación por su origen, etnia, religión, orientación sexual u otras circunstancias protegidas por la ley. Equiparar la exclusión de una camiseta de la selección española con la discriminación contra un colectivo vulnerable no es una opinión discutible: es una falsa equivalencia jurídica y política. No se trata de defender la decisión de la txozna; se trata de no deformar el significado de las normas para alimentar un relato de persecución que sencillamente no existe.
Pero el artículo no se conforma con exagerar. Necesita escandalizar. Por eso da un salto aún más grotesco y compara determinados ambientes sociales de Euskadi con las bandas de colonos extremistas de Cisjordania. Ahí desaparece cualquier pretensión de análisis serio. Equiparar tensiones identitarias, por reprobables que puedan ser, con un conflicto atravesado por ocupación militar, desplazamientos forzosos y violencia armada es una frivolidad intelectual difícil de justificar. No ilumina la realidad; la distorsiona deliberadamente. Cuando un argumento solo funciona recurriendo a analogías desmesuradas, el problema no es la realidad: es el argumento.
La misma lógica aparece cuando intenta explicar por qué en Euskadi no ha arraigado una extrema derecha identitaria comparable a Aliança Catalana. En lugar de aceptar que la sociedad vasca presenta, con todas sus contradicciones, una resistencia considerable a los discursos abiertamente xenófobos, prefiere una explicación tan ingeniosa como indemostrable: los vascos no dirigen su rechazo hacia los inmigrantes porque ya concentran todo su odio en los españoles. Es una tesis que no parte de los hechos, sino de un prejuicio. Cualquier dato sirve siempre para confirmar la misma conclusión. Si hay xenofobia, demuestra que el nacionalismo es excluyente; si no la hay, también. Es el tipo de razonamiento que convierte cualquier evidencia en una coartada para mantener intacto el relato.
Tampoco falta el recurso de invocar una y otra vez a Sabino Arana como si el nacionalismo vasco contemporáneo siguiera instalado en los esquemas ideológicos de finales del siglo XIX. Es un procedimiento tan viejo como eficaz: discutir con un fantasma resulta mucho más sencillo que enfrentarse a la realidad. La Euskadi actual es social, cultural y políticamente incomparable con aquella que vio nacer el nacionalismo vasco. Es una sociedad plural, bilingüe, integrada en Europa y atravesada por sensibilidades muy diversas. Sin embargo, el autor necesita congelarla en el pasado para seguir presentándola como una anomalía democrática. No analiza la evolución del nacionalismo; combate una caricatura cuidadosamente conservada porque resulta mucho más fácil de derrotar.
La contradicción alcanza su punto más evidente cuando ridiculiza a las fuerzas abertzales por negociar presupuestos y participar activamente en las instituciones del Estado. Conviene preguntarse qué demuestra exactamente ese hecho. Si esas formaciones intervienen en el Parlamento español, pactan leyes, condicionan gobiernos y participan con normalidad en el funcionamiento democrático, cuesta sostener al mismo tiempo que representan un bloque incapaz de convivir con España. El propio argumento dinamita la tesis central del artículo: la política vasca, guste más o menos, se caracteriza hoy por el pragmatismo institucional, no por el aislamiento.
Lo verdaderamente llamativo no es que existan episodios de intolerancia —que los hay y deben condenarse sin matices—, sino el empeño en convertirlos en la descripción completa de una sociedad. Ese es el mecanismo del falso victimismo: seleccionar únicamente aquello que confirma una idea preconcebida y borrar todo lo demás. Se exageran anécdotas hasta convertirlas en categoría, se eliminan los matices y se construye una identidad política basada en la convicción permanente de estar siendo perseguido.
Resulta paradójico que quien escribe desde una tribuna universitaria y publica en uno de los principales medios de comunicación del país se presente como una voz silenciada. No habla desde los márgenes; habla desde espacios de enorme influencia pública. Precisamente por eso su responsabilidad debería ser mayor. Sin embargo, opta por alimentar una narrativa donde media Euskadi aparece retratada como una masa fanática, intolerante y moralmente degradada. No contribuye a comprender la realidad; contribuye a deformarla.
El mayor problema de este tipo de discursos no es que sean duros, sino que son profundamente deshonestos. Sustituyen el análisis por la exageración, los datos por las analogías extremas y la complejidad por un relato de buenos y malos diseñado para movilizar emocionalmente al lector. Quien necesita presentar una sociedad entera como un territorio hostil para sostener sus argumentos no está describiendo la realidad: está fabricando una trinchera desde la que seguir librando una guerra que hace tiempo dejó de existir en los términos en que él la imagina.
