No es ninguna novedad que el Diario de Navarra actúe como la embajada de los intereses de Madrid en nuestra tierra, pero el reciente análisis de Sarobe (DN 01-02-2026) sobre la supuesta «ineficacia navarra» representa un salto cualitativo en su estrategia de erosión nacional. Ya no se trata de fiscalizar al Gobierno de turno, algo legítimo y necesario, sino de inocular en la opinión pública la idea de que Navarra, por sí misma, es una estructura fallida. Es el viejo truco del colonizado: convencer al pueblo de que sus propias instituciones son el problema para que la asimilación total sea vista como una salvación.
Esta narrativa del desastre que nos propone Sarobe es de una miopía voluntaria y profundamente cínica. Se nos dibuja una administración elefantiásica y unos servicios públicos en declive, pero se oculta deliberadamente que esa «ineficacia» es el resultado directo de la asfixia impuesta por el Estado. Lo que el columnista califica como incapacidad de gestión es, en realidad, el techo de cristal de un autogobierno secuestrado. Navarra no falla por tener competencias; falla porque sus manos están atadas por leyes de estabilidad estatales y por un Tribunal Constitucional que actúa como el perro guardián de la uniformidad española, tumbando sistemáticamente cualquier intento de política social propia.
Resulta casi cómico observar cómo los sectores que antaño se envolvían en la bandera de los Fueros hoy señalan a nuestras instituciones como el foco de todos los males. La estrategia de Sarobe y su cabecera es clara: sabotear psicológicamente a la ciudadanía. Si logran que nos creamos incapaces de gestionar nuestra salud o nuestra fiscalidad, el camino hacia la recentralización estará despejado. Es el síndrome de Estocolmo político elevado a categoría de editorial; una invitación formal a entregar las llaves de casa porque, según ellos, no sabemos limpiar los cristales.
Frente a esta Navarra gris y dependiente que anhela el panfleto de UPN, la respuesta no puede ser una defensa nostálgica de lo que tenemos, sino una ofensiva hacia lo que necesitamos. No es falta de gestión, sino falta de poder real. Navarra no necesita tutelas madrileñas para arreglar las listas de espera de Osasunbidea; necesita la soberanía total para legislar sobre su sistema sanitario sin injerencias. Mientras Sarobe se lamenta por el gasto público, guarda un silencio cómplice sobre los cientos de millones que fluyen anualmente hacia Madrid mediante una aportación opaca que financia ejércitos, monarquías y trenes de alta velocidad que nunca llegan.
El artículo de Sarobe, más que un diagnóstico, es el acta de defunción de un regionalismo que ya no cree en Navarra. Si para la derecha navarrista la solución a nuestros problemas es menos Navarra, para nosotros la única salida digna es la soberanía plena. Solo cuando dejemos de ser una comunidad con permiso de residencia en la Constitución Española y pasemos a ser dueños de nuestro destino, podremos construir una administración que responda exclusivamente a nuestra gente.
