Desde que estalló el caso que implica a Santos Cerdán, ex-secretario de Organización del PSN, y a la adjudicación de obras públicas como los túneles de Belate, la cobertura de Diario de Navarra ha dejado entrever una clara sintonía con las posiciones políticas de UPN. Más allá de relatar hechos, el periódico ha resaltado determinados ángulos, ha puesto en primer plano las acusaciones de la oposición y ha terminado construyendo una narrativa que coincide punto por punto con la estrategia de descrédito hacia el PSN y el Gobierno de María Chivite.
En la elección de fuentes, se observa un patrón evidente: portavoces de UPN aparecen recurrentemente con declaraciones extensas, preguntas incisivas y exigencias de responsabilidad. Sus palabras son recogidas como si fueran el centro de la trama, mientras que la versión del PSN o las explicaciones oficiales suelen relegarse a simples reacciones defensivas. El relato se convierte así en un juego desigual en el que unos acusan y otros solo niegan.
El lenguaje empleado en titulares y artículos refuerza esta visión. Expresiones como “actitud evasiva” o “no despeja sospechas” proyectan una imagen de culpabilidad antes de que exista sentencia. Se prioriza la dimensión política sobre la judicial: lo relevante no son tanto las pruebas o la falta de ellas, sino las consecuencias que la oposición exige, como dimisiones inmediatas o la asunción de responsabilidades políticas.
Llama también la atención la poca distancia crítica frente a UPN. Sus acusaciones rara vez se someten a escrutinio, y en ocasiones se presentan casi como verdades asumidas. Se recurre, además, al contexto histórico de viejos casos de corrupción socialista en Navarra, reforzando la idea de que lo ocurrido con Cerdán es parte de un patrón repetido. Todo ello se ajusta como un guante a la narrativa de UPN, que se presenta como vigilante contra los excesos de la izquierda.
Este alineamiento mediático no es inocuo. La presunción de inocencia se ve debilitada cuando los titulares y el tono sugieren que el caso ya está resuelto en la opinión pública. Se fomenta la polarización política y se reduce el espacio para el análisis sereno de pruebas, indicios y contextos legales. Y, sobre todo, se pone en juego la credibilidad del propio medio: quienes no simpatizan con UPN ven al Diario de Navarra menos como un observador independiente y más como un altavoz de la oposición.
El caso Cerdán seguirá avanzando en los tribunales, y allí se determinará si hubo o no delito. Mientras tanto, la prensa debería ser un terreno donde prime la responsabilidad informativa sobre la conveniencia partidista. Sin embargo, no podemos olvidar que Diario de Navarra no es un medio cualquiera: fue un periódico que apoyó activamente el golpe de 1936, colaboró con la maquinaria franquista y sirvió de altavoz al general Mola en Navarra. Esa herencia no es un mero detalle del pasado, sino una marca que explica su tradición conservadora y su tendencia a alinearse con los poderes de derechas.
Por eso, cuando hoy adopta sin apenas matices la narrativa de UPN frente al PSN, no se trata de una desviación puntual, sino de la continuidad de una línea histórica: la de un medio que ha preferido estar al servicio de los guardianes del orden establecido antes que ejercer un periodismo crítico, independiente y plural. La credibilidad democrática exige otra cosa, y quizá por eso cada vez más lectores ven en Diario de Navarra menos un espacio de información y más un instrumento de combate político.
