Diario de Navarra: La trinchera de papel que cambió la historia de navarra

El periódico que conspiró con Mola: cómo Diario de Navarra fue el cruce de caminos del golpe de 1936 y la clave del poder carlista.

Cuando el general Mola llegó a Pamplona en marzo de 1936 para dirigir la conspiración militar contra la República, no necesitó buscar cómplices en las sombras. Tenía su centro de operaciones en plena luz del día: la redacción de Diario de Navarra, donde el director Raimundo García ‘Garcilaso’ se convertía en su sombra, acompañándole al teatro, a los bares de la Plaza del Castillo y, sobre todo, sirviendo de correo con los principales conspiradores en Madrid.

Este episodio, poco conocido fuera de los círculos académicos, revela hasta qué punto el periódico más influyente de Navarra fue mucho más que un simple medio de comunicación. Fundado en 1903 por integristas y la burguesía rentista pamplonesa, su crecimiento fue imparable: de 10.000 ejemplares en 1928 a 20.000 en 1936, arrinconando a sus competidores. El Pensamiento Navarro, vocero del carlismo mayoritario, apenas alcanzaba los 2.000 ejemplares, mientras que el nacionalista La Voz de Navarra se quedaba en 3.500.

Lo que hace singular el caso de Diario de Navarra es su papel como punto de encuentro de las tres grandes corrientes que conspiraban contra la República. Por un lado, la dirección del periódico -especialmente su subdirector Eladio Esparza- militaba clandestinamente en Renovación Española, el partido de los monárquicos alfonsinos. Aunque minoritario en Navarra (solo 260 afiliados en 1935), este partido resultaba crucial por sus conexiones con las élites económicas y militares a nivel nacional.

Por otro lado, el periódico mantenía una relación compleja con el carlismo, fuerza mayoritaria en la provincia. Aunque públicamente mantenían distancias, las investigaciones documentales revelan que José Martínez Berasáin, banquero y jefe carlista clandestino, era enlace directo con la dirección del diario. La prueba definitiva de esta connivencia llegaría tras el golpe, cuando Esparza fue nombrado Delegado de Prensa de los Requetés.

La tercera pata de esta conspiración periodística fue Falange. Las primeras reuniones para fundar las JONS en Navarra se celebraron en la sede del periódico en 1933, y colaboradores como Fermín Yzurdiaga, el ‘Cura Azul’, utilizaban sus secciones para difundir un decálogo fascista-católico. Francisco Uranga, secretario del Consejo de Administración, simultaneaba su cargo con el de jefe de propaganda falangista.

Sin embargo, esta colaboración se rompería tras el golpe de Estado. En octubre-noviembre de 1936, Falange intentó tomar el control del periódico mediante una operación en el Consejo de Administración. La respuesta no se hizo esperar: artículos de Yaben y Esparza acusando a Falange de llenarse de “aventureros y arribistas” y de admitir a “masas sospechosas”. El intento de toma falangista fracasó, marcando el inicio de lo que los investigadores han llamado la “carlistización” del diario.

Este proceso de carlistización no fue ideológico, sino estratégico. Ante el crecimiento imparable de Falange, la dirección de Diario de Navarra optó por alinearse con el tradicionalismo, la fuerza hegemónica en Navarra. Esparza se convirtió en el arquitecto de esta transformación: organizó la macroprocesión de Santa María la Real de agosto de 1936, donde gritó las consignas “¡Pamplona por Santa María!, ¡Navarra por Santa María! ¡España por Santa María!”, y recorrió los pueblos navarros explicando “en qué consiste la doctrina tradicionalista”.

El éxito de esta estrategia se reflejaría en la Navarra franquista: entre 1940 y 1949, la Diputación Foral estaría controlada por carlistas colaboracionistas, y el ayuntamiento de Pamplona tendría alcaldes tradicionalistas hasta 1947. Diario de Navarra, que había sido el cruce de caminos de la conspiración, se convertía ahora en el altavoz de la hegemonía carlista.

La historia de Diario de Navarra entre 1931 y 1939 nos recuerda que los medios de comunicación nunca son meros observadores. Pueden ser armas políticas, espacios de conspiración y arquitectos de relatos que duran décadas. Su transformación de periódico conservador a nodo conspirador y finalmente a altavoz del poder hegemónico sigue siendo hoy una lección sobre el poder real que puede esconderse tras una portada.

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