Desmontando a Tajadura y a su mito recurrente

Escribía Javier Tajadura “Caradura” el pasado 22 de noviembre en el falsario de Cordovilla: “En defensa de la Transición”.

Pues bien, Tajadura vuelve a hacer lo que lleva años haciendo: envolver el relato oficial de la Transición en un barniz académico para presentarlo como verdad indiscutible. Pero lo que hace no es historia: es propaganda. Es la defensa de un modelo político que ha servido para blindar privilegios, silenciar esponsabilidades y convertir la crítica democrática en sacrilegio. Lo que Tajadura llama “honestidad” es, en realidad, un intento de mantener intacto el guión del 78, ese que ha permitido que buena parte de las estructuras del franquismo sobrevivieran sin rendir cuentas.

Tajadura insiste en que el franquismo “no fue una ideología”, un disparate que dejaría pasmado a cualquier historiador serio y eso que donde escribe es en un panfleto franquista. Claro que fue ideología: nacionalcatolicismo, autoritarismo, ultranacionalismo español, militarismo, represión como método de orden social. Negarlo no es ignorancia: es blanqueamiento. Y que lo diga un catedrático de Derecho Constitucional no lo hace menos falso; simplemente muestra cuán útiles siguen siendo ciertas lecturas para quienes quieren mantener intacto el mito de una Transición limpia y sin herencias tóxicas.

Tajadura también repite otro dogma: que Juan Carlos I nos regaló la democracia. Oculta —porque lo sabe perfectamente— que el Rey fue nombrado por Franco después de matar a su hermano, juró los Principios del Movimiento y solo dio pasos hacia la reforma cuando ya no quedaba otra salida. El relato heroico del monarca que renuncia a sus poderes es tan ingenuo como funcional: sirve para legitimar una institución que nunca ha pasado por las urnas y que ha acumulado escándalos, impunidades y privilegios que cualquier demócrata debería cuestionar.

Cuando Tajadura afirma que la Constitución “puso fin a la guerra civil”, roza la manipulación. La guerra terminó en 1939. Lo que quedó abierto fue la represión, el silencio forzado y la impunidad. Y eso —que él evita mencionar— es precisamente lo que muchos siguen defendiendo cuando atacan a quienes piden memoria, justicia y reparación. Tajadura habla de reconciliación, pero calla ante el hecho de que en España se reconcilió todo el mundo… menos las víctimas del franquismo con la verdad.

El discurso de Tajadura es el manual del buen custodio del régimen del 78:

· Idealiza la Transición,

· mitifica al Rey,

· ridiculiza a los críticos,

· niega la violencia del proceso,

· presenta la Constitución como intocable, y acusa de anacrónicos y manipuladores a quienes no aceptan su catecismo.

Pero ya no cuela. Hoy la ciudadanía sabe que la Transición fue un avance, sí, pero también un pacto asimétrico, condicionado por el Ejército, por la presión de las élites franquistas y por el miedo real a un retroceso autoritario. Sabe que no hubo ruptura, que hubo renuncias. Y sabe, sobre todo, que el relato oficial no es neutral: sirve para bloquear cualquier reforma profunda.

Por eso, frente al revisionismo sentimental de Tajadura, toca decir lo obvio:
España necesita una segunda transición. Una de verdad.
Sin tutelas militares, sin coronas hereditarias, sin jueces educados en el franquismo, sin silencio forzado en las cunetas y sin intelectuales cortesanos repitiendo que todo está bien porque así lo decidieron hace medio siglo.

Tajadura podrá seguir defendiendo su versión sacralizada, pero esa España enmarcada y colgada en la pared ya no existe. La que existe ahora quiere memoria, justicia, reformas, democracia plena y soberanía real. Y precisamente por eso, los que repiten el relato oficial del 78 tiemblan: porque saben que la crítica no es ignorancia. La crítica es la antesala del cambio.

Y ese cambio, les guste o no, viene de la mano de una ciudadanía que ya no acepta dogmas escritos por los herederos de Franco ni defendidos por los guardianes académicos del viejo régimen.