El señor Jaime Ignacio del Burgo vuelve a la palestra con un sermón sobre honradez y bien común en política. Suena bonito, pero en su boca resulta una broma de mal gusto. Porque si algo define su carrera es lo contrario de lo que predica: sectarismo, manipulación y revisionismo histórico.
Del Burgo pide que no critiquemos a “los políticos” en general, sino solo a los gobernantes. Traducción: la culpa de todo la tienen Sánchez y Chivite, nunca los suyos. Es la trampa de siempre. Cuando gobierna la izquierda, hay culpables con nombres y apellidos; cuando gobierna la derecha, las responsabilidades se evaporan.
Nos habla de la sanidad navarra como “modélica” gracias a decisiones políticas del pasado. Olvida que lo fue por el esfuerzo de médicos y enfermeras y por los recursos forales, no por la supuesta genialidad de élites conservadoras. También borra de un plumazo recortes y conflictos vividos bajo gobiernos de derechas.
Y llegamos a la corrupción. Aquí su cinismo alcanza cotas máximas. Pide no generalizar… pero acusa sin pruebas a Sánchez y Chivite de estar sitiados por ella. Curioso: cuando reventó Gürtel, cuando Bárcenas mostró la caja B del PP, cuando Caja Navarra se convirtió en un símbolo del saqueo, Del Burgo guardó silencio. Ahí, la vara de medir se le rompía en la mano.
Más insultante aún es que se atreva a invocar el “bien común”. Usted ha dedicado su vida a un revisionismo histórico descarado: minimizando la conquista de Navarra en 1512, descalificando a quienes la defendieron, blanqueando el carlismo y la represión franquista en la que su propio padre tuvo un papel protagonista. Y encima presenta el régimen del 78 como el templo de la democracia, cuando nació para blindar a esas mismas élites franquistas.
Usted cita a Lord Acton: “el poder absoluto corrompe absolutamente”. Exacto. Pero esa frase se le olvidó cuando se trataba de condenar cuarenta años de dictadura, o cuando tocaba señalar la corrupción sistémica de la derecha navarra y española.
En definitiva: su artículo no es un canto a la política limpia. Es un ejercicio de hipocresía. Predica honradez mientras calla la corrupción de los suyos. Habla de democracia mientras blanquea un pasado autoritario. Y habla de bien común mientras utiliza la política como arma de facción.
Señor Del Burgo: no son los ciudadanos quienes degradan la política. Son políticos como usted, que convierten la palabra en máscara y la memoria en propaganda.
