Contra el relato blanqueador: respuesta a la Transición según Diario de Navarra

Escribía el pasado 20 de noviembre Jesús Rubio en el panfleto franquista de Cordovilla: La Transición, un camino de cesiones y tensiones también en Navarra.

El texto publicado por Diario de Navarra —un medio que fue colaborador entusiasta, cómplice y sostén propagandístico del franquismo durante cuarenta años— vuelve a repetir el viejo catecismo de la Transición modélica, como si España hubiese despertado un día envuelta en un aura de consenso, concordia y democracia repentina. La operación es transparente: blanquear la dictadura, justificar la continuidad de sus élites y presentar la democracia actual como un regalo magnánimo del mismo aparato que había reprimido, encarcelado y fusilado durante décadas. Cuando uno conoce el historial del periódico —censor, brazo ideológico del régimen y enemigo declarado de cualquier avance democrático— la manipulación del relato salta a la vista.

Se habla de “cesiones de todos”, de “clima de concordia”, de “consenso entre adversarios”. Pero omiten el dato esencial: no había igualdad entre las partes. Un lado negociaba con el Ejército vigilando desde los cuarteles, con grupos parapoliciales actuando con impunidad y con la policía franquista intacta. El otro llegaba tras cuarenta años de clandestinidad, cárcel, torturas, exilio y prohibiciones. Esa asimetría la silencian porque desmonta toda su épica del consenso. No fue un acuerdo libre; fue una salida pactada bajo chantaje. Una reforma dirigida desde arriba para evitar una ruptura democrática que habría puesto en cuestión no sólo la monarquía impuesta por Franco, sino el poder económico, mediático y judicial construido durante la dictadura.
De eso, Diario de Navarra, tan cuidadoso en preservar su papel de “periódico serio”, no dice ni una palabra.

El artículo manipula abiertamente la violencia de la época. Llama “terrorismo” a todo lo que no encaja en su relato, pero oculta sistemáticamente la violencia del Estado y de la extrema derecha: paramilitares como la Triple A, el Batallón Vasco Español o la guerra sucia, cómplices de la Policía y la Guardia Civil. Montejurra no fue un “incidente grave”, como minimizan; fue un ataque fascista en toda regla, ejecutado a plena luz del día, con participación de elementos vinculados a los servicios de seguridad del Estado. Los Sanfermines del 78 no fueron el resultado de tensiones sociales, sino de una brutal agresión policial que dejó un muerto, cientos de heridos y un mensaje claro: la policía franquista seguía actuando exactamente igual que antes. La narrativa de Diario de Navarra evita llamar a las cosas por su nombre porque durante décadas justificó esas mismas violencias, cuando no las aplaudió.

Tampoco mencionan que la presión popular —huelgas masivas, movimiento obrero, asociaciones vecinales, protestas feministas y estudiantiles— fue el verdadero motor que desbordó al régimen. La legalización del PCE, el reconocimiento de derechos sindicales, la amnistía: nada de eso fue un regalo del gobierno Suárez ni un golpe de lucidez democrática de Juan Carlos I. Fueron conquistas arrancadas en la calle. Diario de Navarra da la vuelta al proceso para colocar a los herederos del régimen como protagonistas benevolentes y a las movilizaciones como ruido molesto o amenaza. Esta tergiversación no es un error: forma parte del proyecto político del propio periódico, que durante la Transición hizo campaña constante contra la izquierda, contra el movimiento obrero y contra el nacionalismo vasco.

En lo relativo a Navarra, el texto vuelve a ofrecer una versión interesada: la Transitoria Cuarta aparece como una solución equilibrada y sensata, cuando en realidad fue una maniobra para bloquear un marco institucional vasco-navarro que tenía un apoyo social significativo antes de la ofensiva política y mediática del navarrismo conservador. La Diputación foral, controlada por figuras del franquismo sociológico, se movió para evitar cualquier posibilidad de integración en Euskadi, y Diario de Navarra jugó un papel clave en sembrar miedo, distorsionar datos y presentar la identidad vasca como amenaza. Hoy repiten el mismo discurso: una mezcla de tutelaje institucional, paternalismo histórico y manipulación de cifras para justificar una decisión diseñada desde arriba.

Incluso cuando describen la situación social, lo hacen desde una mirada complaciente. Hablan de carreteras, gasoductos y planes urbanísticos como si fueran síntomas de modernidad, pero callan la explotación laboral, la inflación insoportable, las huelgas reprimidas y la desigualdad estructural que heredamos de la dictadura. Dicen que pocas mujeres trabajaban, pero no mencionan que era consecuencia directa del nacionalcatolicismo que el periódico defendió sin fisuras y de las leyes que impedían su autonomía. De nuevo, todo aquello que compromete su papel histórico queda fuera del relato.

En resumen, el artículo de Diario de Navarra no pretende explicar la Transición, sino blindar un mito. Un mito que les absuelve de su colaboración con el franquismo, que presenta la democracia como un regalo y no como una conquista y que encubre una verdad incómoda: la Transición no fue modélica, fue insuficiente, tutelada y diseñada para que los vencedores de 1939 no perdieran su poder en 1978.
Quienes lucharon, quienes murieron y quienes arriesgaron su vida por la libertad no aparecen en su narración porque su existencia contradice todo lo que quieren contar.

Y cada vez que Diario de Navarra intenta imponer esta versión edulcorada y falsa de nuestro pasado, confirma su papel de siempre: el de instrumento político de las élites conservadoras, hoy disfrazado de neutralidad, pero aún fiel al mismo proyecto al que sirvió durante la dictadura.